martes, 2 de abril de 2013

¿Por qué lloré con The End?


"50s television, I think... made me feel good."
David Lynch


Todo comenzó por el final. El final de Lost. No más la voz grave diciéndome “Previously, on Lost” y la consecuente adrenalina y curiosidad. No más Jacks, Hugos, Freckles, Sawyers, Lockes, ni qué decir que adiós Jacobs y el maldito humo negro. Lo malo no fue sólo el capítulo (que, madre de Dios, qué capítulo tan malo), sino que terminé llorando como cuando murió mi primera mascota.
Era 2010 y el capítulo lo vi algún tiempo después de que la
ABC lo transmitiera. Pasaba un tiempo en Venezuela y me quedaba con mi buen amigo Luis. Discutimos de todo, incluyendo Lost. Salí de mi habitación para mostrarle mis lagrimones (él sabía que lo estaba viendo) y casi me golpea. En ese momento no le supe explicar mis lágrimas; sólo el tiempo me dio el desapego necesario para más o menos entender por qué mi sensiblería.

Comencé a ver Lost mucho tiempo después de su estreno en EE.UU. Vivía en Salamanca; estudiaba un máster en Guión de Ficción para Cine y TV para el que obviamente no estaba preparado. Yo tan cine indie y ellos tan interesados en lo que realmente vale la pena. Siempre me hablaban de las series y yo respondía a lo Ricky Martin: “no, es que la TV no me gusta mucho, yo soy más de cine”. Para luego salir a hablar de David Cronenberg o Michel Gondry y enterarme de que ellos eran más de cine que yo también y por cada referencia mía ellos tenían cinco. Con el tiempo, estos compañeros se convirtieron en amigos entrañables, con los que todavía mantengo contacto.

La cosa es que todos hablaban tan bien de la serie, que todos hablaban tanto de la serie y yo me tenía que callar o intentar cambiar de tema, y que ya necesitaba ver series para hacer mis trabajos, que al fin comencé a ver Lost. En cuestión de semana y media ya había engullido las tres temporadas de 22 capítulos c/u, que habían transmitido hasta el momento (¡una noche con un cacho de mañana vi 13 capítulos! No fue fácil que me prestaran los deuvedés en la facultad, siempre los tenía alguien más). Claro que quedé prendado -dejemos la trascendencia de Lost para otro artículo- y pensé que esto de la TV tiene futuro.

Al terminar el máster, me mudé a Madrid (regresarme a Venezuela no era una posibilidad, toda vez que mi familia inmediata ya no vivía allí), y en la capital española comencé mi prometedora, aunque corta, carrera de empresario a fuerza de vender de puerta en puerta. Era mediado de 2008 y la súper crisis económica mundial que echó por tierra todo lo que conocíamos y que de casualidad no hace que termináramos como en Marte, asomaba sus cuernos. No había empleo, botaban a los que tenían uno y todo aumentaba de precio.

Mi trabajo consistía en que me “motivaran” para salir a vender alarmas fuera cual fuera la condición atmosférica. La lavada de cerebro era atroz, sin ningún tipo de vergüenza: “en un par de meses comenzarás a ganar 1000 euros semanales” decían  “para el quinto año tendrás 10 o 20 oficinas con 20 gilipollas como tú haciendo lo que tú haces, ganando dinero para ti, mientras tú te vas, como yo, a pasar las vacaciones a los Alpes suizos” decían.

No puedes ser un licenciado en letras medianamente serio, si te crees estas tonterías. Pero qué demonios: Kafka trabajó en una compañía de seguros, Rimbaud fue traficante de armas y Charlie Kaufman atendía quejas telefónicas. Eso y que la necesidad te desinhibe. Todo esto viene a cuento, porque después de pasar día sí y día también escuchando idioteces de un pseudo gerente sediento de dinero, tragándome todo el mal humor de mucha gente (y la bondad de muchas otras ofreciéndome comida, cerveza o un paraguas), y pasando frío o calor, después de todo eso, llegaba a mi casa a ver series. Entre ellas, a medida que la transmitían, Lost.
Así pasé un año completo, hasta que ya no existía absolutamente nadie en Madrid que quisiera comprar una alarma, y así fue como decidí que hasta allí llegaba mi carrera como empresario. Mi familia, que vivía en Dallas me recibió.

En EE.UU., como turista, no podía trabajar legalmente, así que mientras inventaba cómo ganar dinero, también seguía viendo series. A Lost se le habían agregado House, MD (mi favorita), Six feet under, How I met your mother, My name is Earl, The Big Bang theory, Two and a half men, y en menor medida Mad Men, Supernatural o Heroes. No es una gran lista (de la que algunas se han bajado y otras se han montado), pero es mi lista.

Ya montados en 2010, comenzando marzo, me llaman desde Venezuela para un trabajo de un par de meses en donde recorrería buena parte de Latinoamérica: fueron 13 localidades en 8 países, recorridas en un intensísimo mes. Al final todo se alargó hasta finales de septiembre, que fue, aproximadamente cuando vi el capítulo final de Lost.

Recapitulemos: comencé a verla siendo un estudiante en Salamanca en 2007, la continué viendo mientras fui vendedor de puerta a puerta en Madrid entre 2008 y 2009, luego, un mantenido por mis padres en Dallas en 2009, hasta que la terminé en Venezuela trabajando, al fin de escritor hacia finales de 2010. ¿¡Cómo no iba a llorar con el final!?

No es que haya descubierto el sentido último de la vida al darme cuenta de que las 8 temporadas fueron un gran “Bruce Willis siempre ha estado muerto” kinda-thing. Tampoco fue que me dio mucho sentimiento que J.J. Abrams haya mantenido pegado a la pantalla a millones de espectadores sin ningún sentido ulterior. Menos que menos tener la certeza de que la TV le ganó la partida al cine, y Lost fue la prueba más rotunda (hoy peleando con The Walking Dead y Breaking Bad, si me preguntan a mí). Fue simplemente que los personajes, mis amigos, mi familia, yo mismo, ya no estaríamos siendo transmitidos semanalmente ¡Por eso lloré!

Desde que comencé a ver la serie, fui identificándome con los personajes, fui comparándolos con otros amigos, familiares y conocidos, sus arcos de transformación se parecían a cambios reales que había visto o vivido. Jack, como yo, pasó de ser un escéptico a ser un creyente. Hugo y Claire me recordaban a una pareja de amigos porque ellos eran gorditos y ellas muy lindas. Locke era como mi abuelo. El principio de identificación que debe regir toda pieza audiovisual que cuente una historia funcionaba a la perfección en Lost. Pero una cosa es identificarse en el efímero mundo del cine, que dura entre 90 y 180 minutos y otra muy distinta es saber que semana tras semana verás de nuevo a los personajes con los que te identificas y reconoces en todas partes. Lloré porque los amigos que tuve durante los tres años que duré viendo la serie murieron y no los vería más. El capítulo final sólo era esa afirmación, su contenido era completamente irrelevante.

La parte positiva es que la televisión vive un buen momento y todas las musas acompañan a sus guionistas. Hace 9 años parecía que Friends acababa con los sitcoms y salió The Office, Chicago Hope parecía el último drama de hora completa y después de eso no podía haber más dramas (y menos médicos) pero salieron House MD o Grace Anatomy. Hace 3 años parecía que las buenas series se acababan con Lost, pero salieron Breaking Bad y The Walking Dead. La televisión sigue reinventándose y nos sigue ofreciendo entretenimiento que el cine actual sólo aspira ofrecer, salvo contadas excepciones. En este sentido las series se parecen a las mascotas, unas se van y serán irreemplazables, pero otras vienen y también son especiales.

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-"Nosotros los de entonces  ya no somos los mismos"
-"Lo único constante es el cambio"
-"Tú joven y yo viejo, pero podemos seguir siendo amigos"
-"Brindo por las mujeres que derrochan simpatía"
-"¡Salud!"

¡Mirupafshim!

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