Me estoy
convirtiendo en un acumulador de información. Entre el DVR, con el que grabo
una serie que nunca veo y películas que tampoco veo; una aplicación llamada
Pocket, en donde introduzco todos los artículos que no puedo leer durante el
día para supuestamente leerlos cuando tenga tiempo; y un dispositivo móvil en el
cual caben muchos .pdf y .epub, están haciendo de mí un perfecto wannabe. Por
querer ser ese que está siempre enterado del último artículo de Fernando Mires,
o haber visto el último capítulo de The Americans, o haber leído todos los
clásicos, mis referencias y conocimiento acerca de varios temas se limitan al
encabezado, a los momentos importantes de los comerciales y en el caso de los
libros a simplemente saber que existen. Pero eso sí, siempre tengo la
información a la mano para poder, aunque sea, decir que luego lo leeré o lo
veré.
Creo que
todo comenzó con el correo electrónico. A lo largo de mi vida post correo
electrónico (pertenezco a la generación que creció con carritos Fisher Price y
que ahora ve cómo los niños aprenden primero a manipular el iPad que la
plastilina), el surfeo diario y necesario sobre el tsunami de Internet te carga
tu bandeja de entrada con demasiada y diversa información. Al principio es cuestión
de cientos de correos electrónicos guardados para ser revisados después, pero
es que ahora son miles. Decenas de miles. Pero los correos ya no me importan
(antes sí). ¿Será que me pasará lo mismo con Pocket, con el DVR y con los .pdf y los
.epub?
Tiempo.
Todo se reduce al insuficiente tiempo. No tengo tiempo de ver todas las
películas que quiero ver, ni de leer todos los artículos o libros que quiero leer.
Se pregunta Calvino hacia 1981 “¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad
de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel
impreso en la actualidad?” en ¿Por qué leer los clásicos? ¡Ya para esa época la información era abrumadora! En todo caso, yo no pido
disponibilidad para leer a Tolstoi o a Dickens (para lo que quizás necesitaría
un año o dos por libro), yo quiero simplemente leer una crónica de Jon Lee Anderson o ver el último capítulo de Breaking Bad. Pero no tengo tiempo.
Y que no tenga tiempo, creo, se debe a dos razones: una interna e individual y otra externa y
global.
La primera
es mi falta total de organización. Jamás he podido ser de las personas con un
horario de lunes a viernes más allá del que me obligua el trabajo.
La segunda,
la externa y global se debe a la ingente cantidad de información que tenemos
hoy disponible.
Estoy suscrito a, por lo menos, 50 canales de YouTube, mi
Google Reader (que por cierto desaparecerá) se alimenta de, por lo menos 200
páginas distintas (muchas se actualizan varias veces al día), Hollywood saca entre 400 y 800 películas al año, más todas las que ya ha sacado, y veo
consecuentemente unas 6 series de televisión. No existe forma de mantenerme al
tanto de absolutamente toda la información que quiero consumir. Eso me hace tener una neurosis tremenda de información.
“La
actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el
punto donde hemos de situarnos para mirar hacia delante o hacia atrás (…). Así
pues, el máximo 'rendimiento' de la lectura de los clásicos lo
obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de
actualidad”. Y aunque el tema aquí no sea la lectura de los clásicos específicamente,
creo que no peco si extiendo lo que dice Calvino: el máximo rendimiento del consumo general lo
obtiene quien sabe dosificar sabiamente la información que mortifica.
No hallo
una respuesta, y la busco. Creo que es algo bueno que Google acabe con su
Reader, creo que habría que subir la dosis de un medio en plena edad de oro
como la TV, bajarle un poco a las películas sin olvidar los clásicos, y leer,
leer y leer. Si el tiempo se opone lo que habría que hallar entonces sería la
forma de luchar contra él.
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Luis:
Nuestros nombres desaparecieron antes.
Luis:
Demasiado poético hasta para ti.
Luis: No es
poesía, en serio no tenemos nombres dos posts atrás.
Luis: Eso
es porque “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”
Luis:
Habría que restringir el uso de esa frase.
Luis:
Habría que restringir el uso de Pablo Neruda.
Luis:
Bueno, ya, salud.
Luis: ¡Salud!
¡بدرود!


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