lunes, 20 de mayo de 2013

Ariel Castro: un monstruo más



“Eso no es mi hermano, eso es un monstruo del infierno, para tener una mente así." Palabras de Onil Castro al referirse a su hermano Ariel Castro, quien mantuvo secuestradas a Michelle Knight de 32 años, a Amanda Berry de 27 y a Gina DeJesús de 23 por diez años en Cleveland, Ohio. Continúa Onil: "Nos dañó la vida, ya no es parte de nuestra familia, no hay sangre de monstruos en mi familia." 

Cuando ocurren este tipo de casos la pregunta siempre es la misma: ¿por qué? Y una respuesta común es “porque puede”, y así es: pudo por diez años. Quizás haya justicia terrenal, después podrá pasar la eternidad ardiendo continuamente en el infierno, pero estas tres chicas ya no podrán borrar esos diez años de sus vidas. 

El tío de Ariel Castro, Julio Castro, no podía salir de su asombro al enterarse de la noticia: "Nunca lo hubiera pensado, ni en un millón de años”. Que sea su tío puede explicar un poco su sorpresa, pero ¿qué hay del resto del vecindario? La policía dice no haber recibido ninguna queja referente a la 2207 de la Avenida Seymour durante esos diez años, aunque algunas versiones se contradicen al respecto. A lo sumo, y según información de CNN en español, pudo haber habido 2 llamadas por irregularidades, por extrañezas en esa casa. Dos llamadas en diez años (si existieron) parecen demasiado pocas. 

Cierto es también que al hombre le gustaba jugar juegos sicológicos. “Castro solía ponerlas a prueba, dijo la fuente policial. Hacía como se marchaba y cuando les sorprendía intentado huir al regresar de repente las castigaba brutalmente.”, se lee en CNN en español, y así se podría explicar tanto silencio. Pero diez años parece ser demasiado tiempo. “Los vecinos vieron a Ariel Castro todos los días. Se sentaban en el porche de su casa de dos pisos, comían costillas con él y preguntaban sobre la niña que salía a pasear con él.” La mayoría de nosotros tenemos fe ciega en la bondad de todos. La monstruosidad no es una opción común, más allá de la que vemos en la tele. Muchas atrocidades se cometen en nuestras narices. 

"La otredad es una dimensión del uno.” dice Octavio Paz en su ensayo Nosotros: los otros, y continúa “Doble movimiento: por una parte, percepción de lo que no somos nosotros; por otra, esa percepción equivale a internarse en nosotros mismos. La otra acude siempre a la cita, a veces como presencia y otras como deseo o nostalgia. No importa: la cita siempre se realiza porque la otredad está en nosotros mismos.” ¿Quizás sea por eso, me pregunto, que no vemos la monstruosidad en el otro, porque viendo al otro vemos una dimensión de nosotros mismos y uno no es un monstruo? 

Craig Weintraub, abogado defensor de Ariel Castro responde en una entrevista algo que no debería sorprendernos: “Yo pienso que el retrato inicial por parte de los medios ha sido de, entre comillas, un monstruo, y esa no es la impresión que yo tuve cuando hablé con él durante tres horas.” Jaye Schlachet, otro de sus abogados, secunda: “Él es un ser humano...”


Es perfectamente entendible que alguien que tenga cautivas a tres personas por tanto tiempo, que utilice a una de ellas como “saco de boxeo”, que la golpee y la deje pasar hambre para que abortara cinco veces fetos productos de repetidas violaciones, que las haga temer hasta tal punto de no querer intentar el escape por diez año, digo que es entendible que no exista ningún reconocimiento en un ser así de parte de una mente sana. Pero también conviene recordar, que, como dice el parlamento final de Barbra, la protagonista de The Night of the living dead (George A. Romero, 1968): “They're us. We're them and they're us.” Y conviene recordarlo para intentar evitarlo; conocer nuestros demonios en potencia, pienso, ayuda a retenerlos. 

También en la película 8MM (Joel Schumacher, 1999) hay una escena que conecta directamente con lo ocurrido en Cleveland. Al final, el detective Tom Welles logra dar con la casa de “Machine”. El enmascarado asesino de niñas se despide de su madre que va a misa con un beso. Tom Welles entra a su casa donde suena una música estridente, Machine lo pilla y se caen a golpes. El forcejeo hace que terminen en el patio bajo la lluvia y el detective lo somete. Al fin aparece la cara de un George Higgins normal y cegatón, y ante la mirada atónita de Tom Welles le dice “¿Qué esperabas, un monstruo?” Se pone los lentes para ver mejor, “Mi… mi nombre es George, posiblemente ya lo sabías. No entiendes, ¿verdad? No tengo respuestas. Nada de lo que diga te hará dormir mejor. No me pegaban, no me tocaban, mami no abusó de mí, papi no me violó, simplemente soy lo que soy y ya está.” Las cosas cambian y ahora es el detective el sometido: “No hay misterio. Las cosas que hago las hago porque me gustan, porque quiero hacerlas.” 

No son monstruos, como dijera su hermano Onil, los que cometen estas atrocidades (aunque podamos reconocer como atrocidades lo que realizan), sino humanos. Al menos no son más monstruos que cualquier otro. Se pueden buscar relaciones con traumas en el pasado, pero no creo que esas explicaciones sean suficientes. De hecho según el siquiatra que consulta CNN en español (último enlace): "...ni siquiera la agresión, la sociopatía o el sadismo sexual parecen ser explicación suficiente para la magnitud de los supuestos crímenes que Castro cometió contra estas tres mujeres. De hecho, indican una patología más extendida". Para eso da la humanidad también.

Por eso, no estoy completamente de acuerdo con Onil Castro. Por sus venas, (por las de todos, si creemos lo que nos dice Octavio Paz, lo que nos dice George A. Romero, lo que nos dice Joel Schumacher) corre “sangre de monstruos” que brotará más o menos dependiendo de la herida: ¿Hasta dónde puede llegar un ser considerado "normal" al liberar sus inhibiciones? En el caso de Ariel Castro la herida parece ser heredada y psicológica (una de sus hijas, siempre según CNN en español, cumple 25 años de condena luego de haber intentado degollar a su propia hija infante. La nota matiza que tiene problemas mentales). Pero en el caso del rebelde que se come el corazón del soldado Sirio la herida parece ideológica, o en el caso de los militares estadounidenses en Irak que se tomaron fotos con los prisioneros torturados la herida parece por carencia de límites, quizás en esta última razón haya una pista del porqué siguen ocurriendo estas barbaridades. ¿Podemos imaginar otras heridas que motiven a personas de a pie?

En los próximos días, mis impresiones acerca de lo opuesto, de la ayuda desinteresada que recibió Amanda Berry, de la prueba de que nuestra dualidad funciona hacia ambos lados.

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Luis: ¡Qué fuerte!
Luis: Muy mucho.
Luis: Yo no soy así.
Luis: No eres así porque no te ha tocado.
Luis: ¿O sea que él actúa con una razón? ¿Es decir que violarías, esclavirizarías, matarías por una razón?
Luis: No, pero no sé qué herida motive.
Luis: ¡Veeeerg! ¡Eres un monstruo!
Luis: Así somos.
Luis: Bebe, olvida.

Or'van!

miércoles, 1 de mayo de 2013

Mis zapatos para ir a trabajar


“Ama a tu arte como a tu novia,
dándole todo tu corazón.”
Horacio Quiroga

Cuando llegué a EE.UU. tenía unos zapatos puntiagudos muy usados por los europeos entre 2008 y 2009. Debido a que no podía trabajar de otra cosa que no fuera como vendedor de puerta a puerta, los zapatos, ya maltratados por trabajar de lo mismo en España, se terminaron de dañar. Tuve que comprarme otros. Mi aventura como vendedor aquí en EE.UU. no duró mucho por cuestiones legales, a lo que doy gracias a los caprichosos etéreos que nos rigen, pero los que sí duraron fueron mis zapatos.

Me acompañaron en otra pequeña aventura como empresario vendiendo quesos venezolanos en Dallas y otro rato más cuando fui a Venezuela a trabajar para The Amazing Race, Latinoamérica. Poco después de regresar a Dallas, me casé y los usé en la boda (todavía suficientemente nuevos), y con ellos seguí buscando trabajo hasta que lo conseguí.

Durante un año y 2 meses he asistido al trabajo con esos zapatos, porque no tengo otros para el fin.
Ya los zapatos estaban un poquitín dañados, las arrugas se le notaban, era complicado limpiarlos, las gomas estaban salidas y rotas. De lejos se veían relativamente bien, pero si uno se fijaba, literalmente, se les notaban y salían las costuras.

Bueno, hoy no los utilicé. Hoy, día del trabajador, no necesité volver a ponérmelos porque ayer quedé cesanteado. Quedar cesanteado es lo mismo que te boten, sólo que te hacen saber que no es una decisión tomada a raíz de tu desempeño sino por otra razón de la empresa. Y es importante porque no había demasiado que yo pudiera hacer para cambiar tales designios.

La cosa es que yo utilicé esos zapatos para vestirme profesionalmente, acorde a los reglamentos implícitos de un puesto de mercadeo en una empresa trasnacional. Pero ese puesto tuvo muy poco que ver con mi perfil.

Quisiera de verdad que  los zapatos sean un símbolo del fin de mi rodeo alrededor de lo que realmente me gusta. Ojalá y mi cobardía y falta de voluntad para escribir estén igual de arrugados, rotos, que ya se les comiencen a ver las costuras. En mi vida, aparte de los trabajos satélites, de los trabajos “mientras tanto”, no he hecho nada más que prepararme para ser escritor, e intento mantener la preparación en mi día a día leyendo lo más que puedo, investigando, trazando líneas de trabajo que generalmente dejo por la mitad, intentando llevar este blog que he olvidado por mucho tiempo varias veces. Así como tengo que cambiar de zapatos, tengo que cambiar de actitud y escribir seriamente.

Hasta aquí mi confesión. Esto era más o menos lo que pensaba ayer mientras salía de las instalaciones de la empresa. No iba triste (al menos no demasiado triste), salía también un poco esperanzado porque mi zona de confort acababa. Porque ahora tengo que hacer: buscar trabajo, leer, ver películas y series, y escribir.
 Así que, ojalá y hayan pasado un buen día del trabajador. Yo lo pasé sin trabajo pero trabajando y un poquitín más esperanzado que ayer.


Luis: ¡Bien!
Luis: Ya eso lo has dicho antes.
Luis: Y estaba bien también.
Luis: Sí, pero no funcionaba.
Luis: Da igual, lo importante no es que funcione sino que sigas intentando.
Luis: Eso es autoayuda.
Luis: Esta entrada también.
Luis: Esta entrada es sincera.
Luis: Autoayuda sincera.
Luis: Huyámosle bebiendo.
Luis: ¡Salú!

N a wè!