martes, 23 de abril de 2013

A la espera de la tormenta perfecta



"'Es absurdo' significa: 'es imposible', 
pero también 'es contradictorio'. Si veo
un hombre asaltando con un arma blanca
un nido de ametralladoras, juzgaré que
su acto es absurdo. Mas sólo es tal en
virtud de la desproporción que existe
entre su intención y la realidad que le 
espera, de la contradicción que puedo
captar entre sus fuerzas reales y la meta
que se propone."
Albert Camus, El mito de Sísifo


La semana pasada, justo después de las elecciones presidenciales, en Venezuela se vivieron momentos muy tensos. El descontento de una mayoría que sintió (como en efecto lo fue) que le impusieron a un presidente de forma ilegítima, se hizo sentir en la calle. Capriles lo llamó, como buen venezolano, la “arrechera”, porque ciertamente esa mitad tiene una arrechera que va por la vía de durar unos 15 o 16 años. Y cuando la opresión va camino a convertirse en la norma en un país, los ciudadanos intentan buscar, por cualquier medio, algo a qué aferrarse.

Algunos amigos y familiares se sintieron sin un asidero terrenal. El poder del gobierno/estado que impera hoy el país es desesperantemente incontestable; diría Vallejo: “como del odio de Dios”. Y a falta de una referencia terrenal, donde la barbarie reina y nada parece estar del lado de la razón, tuvieron, mis amigos y familiares, que buscar apoyo en lo metafísico.

Y es que Venezuela, como su extinto jefe de estado, sufre de un cáncer terminal que se hace llamar “gobierno revolucionario” y que está consumiendo, también, a todos los que llevamos el gentilicio.

Hemos marchado por todo el país, hemos invadido las redes sociales, hemos seguido dirigentes opositores (que se han equivocado), hemos realizado manifestaciones espontáneas, las armas se han utilizado y las Fuerzas Armadas han intentado el golpe militar, hemos agotado todos los medios legales para contrarrestar las miles de irregularidades en las que incurre el “gobierno revolucionario” ¡hasta hemosdejado de hacer! pero sin resultado. Nada parece hacer trastabillar al gobierno. Al menos hasta la semana pasada, en donde éste pasó de ser un gobierno con máscara democrática a uno sin máscara de ningún tipo, pero con muchos favores por cobrar.

Lo que nos quedó entonces fue rezar.

Un amigo escritor, ateo o al menos muy poco religioso, me lo dijo con todas las palabras: “Yo no soy cristiano, pero aquí lo que queda es rezar”. En el grupo familiar materno de whatsapp no dejan de mencionar a la bruja Meredith, a Adriana Azzi y a Reinaldo Dos Santos, el de moda. De hecho, una amiga profesora de literatura, ya me lo adelantaba “aquí todos estamos en regresión religiosa” me decía dos días después de las elecciones, para luego explicarme que se estaba leyendo las cartas. Lo que diga Eugenio Martínez, Ramón Guillermo Aveledo o Luis Vicente León es irrelevante (excepto quizás por la profesora) porque, al menos hoy en Venezuela, no existe razonamiento alguno que pueda contra el poder.

Por otra parte Luis, el amigo posiblemente más inteligente que tengo, se vuelve al nihilismo. O al menos a un individualismo casi hiriente para quien cree en su inteligencia y su patriotismo. Luis, en vez de rezar para buscar las respuestas ante la aplastante bota gubernamental (hasta donde sé, Luis es católico), o buscar razón en la política práctica, apela al poder –aparentemente- todopoderoso del individuo y la revolución interna. Los líderes, y yo sumo cualquier religión por ser ella en sí misma una guía como los líderes políticos, no te sacarán –según Luis- del problema que vive el país; lo harás tú haciendo “lo que puedas” por tu entorno.

Del otro lado han funcionado las dádivas y la propaganda. No mucho más que decir al respecto.

Pero ojo, que no se culpe a nadie. Otra de las características de nuestra sociedad acostumbrada ya a la desmesura, es que todos tenemos derecho a lo que sea; podemos buscar las respuestas en donde y como nos plazca. Además, creo, es una reacción completamente natural: por encima de la personalidad dictatorial sólo está Dios o el individuo, y si vives bajo el yugo no tienes otra opción. Mi amigo escritor ateo, también me decía "yo, entre una vaina y otra, escucho Stevie Wonder y escribo mis vainas". 

Posiblemente Venezuela sea hoy un país que necesite un poco de todo eso: de un milagro, del trabajo de cada quien por su entorno, de un gobierno que se encargue de los pobres y unos medios que hablen más de razones que de personas (o mitos forzados). Venezuela, en mi opinión, es un país empujado al extremo de necesitar una tormenta perfecta de todo eso para salir de esta barbarie llamada “gobierno revolucionario”. 

Y yo me pregunto ¿qué cara tiene el milagro que puede desatar esta tormenta?

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Luis: A mí no me metas en ese peo.
Luis: de alguna forma tengo que meterte en ese peo.
Luis: ¿Por qué? Yo quiero ser yo y ya, quiero seguir haciendo mis vainas sin importar quién coño esté en un gobierno que siempre me va a oprimir. No existe respuesta, Luis, no existen mesías.
Luis: Pero existen civilizadores, y el gobierno venezolano es bárbaro.
Luis: Si todos...
Luis (interrumpiéndolo): ...Bebiéramos seríamos más feliz.
Luis: Ese siempre debe ser nuestro punto de concordancia.
Luis: ¡Salud!

¡αγαθό αντίο!

sábado, 13 de abril de 2013

14A: La barbarie del gobierno vs. civilización de la oposición



Primero que nada disculpen el atrevimiento de intentar adentrarme en un tema que no manejo bien (en general se me hace complicado manejar bien un tema). Pero antes de las elecciones de mañana 14 de abril quiero dar mi opinión acerca de lo que me parece que nos jugamos en el país, yendo un poco más allá de la guerra de markegint que nos proponen las redes sociales y desarrollar algunas razones que allí hay.

La premisa de lo que aquí expresaré es simple y repetida: en las elecciones de mañana los venezolanos no sólo elegiremos a la persona o gobierno que regirá los próximos 6 años o su simple ideología. Lamentablemente mañana también estaremos eligiendo si seguir el rumbo de la barbarie o volver a tomar el curso de la civilización. ¡Nada menos!

En los próximos párrafos –me disculpan la limitación- alternaré citas de dos libros que hablan ampliamente acerca de la barbarie y la civilización: La Rebelión de las Masas de José Ortega y Gasset y Miedo a los Bárbaros de Tzvetan Todorov.

Para Todorov, por ejemplo, Capriles sería un ser civilizado: “…reconocer la pluralidad de grupos, de sociedades y de culturas humanas, y colocarse a la misma altura que los otros forma parte de la civilización”. ¿No le habla Capriles a todo un país y no a un sector? Uno de los grandes esfuerzos en la campaña de Capiles fue atacar a los "enchufados" como los llamó, jamás a sus seguidores.

En las campañas, finalizadas legalmente anteayer a las 12 de la noche, se pudo ver con facilidad los discursos civilizatorios de un candidato y los bárbaros del otro. Uno de ellos, Capriles, hace un llamado de reconciliación, de diálogo, de unión nacional. “Aquí no hay pueblo bueno y pueblo malo –repitió un civil Capriles- sino gobierno bueno y gobierno malo”. En twitter, especialmente popular en Venezuela, surgió la etiqueta #YoSoyVenezolano en contraposición al ya utilizado en su velorio, #YoSoyChávez. Mientras que  el gobierno "...intenta transformar a sus adversarios en enemigos, Capriles intenta transformar a sus enemigos en adversarios." como dijo, aunque para las elecciones del 7O, Fernando Mires.

Y donde uno propone diálogo y reconciliación el otro, Nicolás, insulta y recurre a la magia. Perlas como “Caprichito”, “Chayota”, “La nada”, “Vende patria”, “Pitiyankee”, “Oposición apátrida” y demás venenos fueron las constantes en los discursos del ungido. En las palabras del candidato oficialista no se oyó un intento de unión nacional, no dijo jamás la palabra reconciliación, y por supuesto, jamás debatirá. “Los bárbaros –asegura Todorov- son los que marcan una auténtica ruptura entre ellos y los demás hombres (…). Los que recurren sistemáticamente a la violencia y a la guerra para gestionar sus diferencias son percibidos como próximos a la barbarie.”

Nicolás también es el representante en la tierra de una nueva religión. Si Chávez ya estaba endiosado, su sucesor llevó este despropósito al paroxismo. “…la magia es más bárbara que la ciencia, dado que la una implica una diferencia irreductible entre el que sabe y el que no sabe, mientras que la otra avanza mediante observaciones y razonamientos que nada tienen de secretos y a los que cualquiera puede acceder.” ¿Y no fue "magia" que se le apareciera a Nicolás un pajarito revoloteando tres veces y que Nicolás dijera que ese era el espíritu de Chávez? ¿No es magia maldecir a los que no piensan como él con la maldición de Maracapana? Esto, además, con sus respectivos escupitajos, pero también con muchas falencias que el difunto no tenía, como por ejemplo, las incorrecciones geográficas y las confuciones en los nombres de las instituciones nacionales.



Ortega y Gasset dice que la civilización “…es, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás.” En el gobierno, y desde hace más de una década (más o menos después del golpe fallido de 2002) no existe voluntad ni de debatir, ni de dialogar, ni de convivir. A fuerza de mayorías (que lo han sido) pretenden borrar de un plumazo a todos los que no nos adherimos a su ideología. La prueba cumbre de esto  fue la implementación y defensa por parte del líder de la lista de Tascón, pero la discriminación por parte de quienes tienen el poder, se respira en el día a día venezolano: cierres de canales y emisoras críticas al gobierno, presos políticos, criminalización de las protestas, etc.

Por ejemplo, un amigo posteó en su Facebook una conversación que tuvo él con un chavista en donde éste le decía que tendría que hablar con el departamento de RR.HH. del lugar donde trabaja (adscrito al Ministerio de Comunicaciones) por ser de oposición. Esto después de ofrecerle "una pela" por las imágenes que colocaba mi amigo en su muro.

Pero la barbarie del gobierno y el civismo de Capriles no se evidenciaron sólo en la campaña. La misma negación de los 40 años anteriores de nuestra historia, la incorporación ajuro de héroes como Zamora o Maisanta, la demonización de Páez, todo eso también son símbolos de barbarie según Todorov: “La idea de civilización implica el conocimiento del pasado. El que limita su comprensión y su expresión e ignora sus códigos comunes se condena fatalmente a moverse sólo en su pequeño grupo y a excluir a los otros. El bárbaro se niega a reconocerse en un pasado distinto de su presente.” Nivelar a Bolívar con Marx, en un mega pastiche ideológico que a veces es socialista extremo y otras nacionalista extremo, también corrobora lo dicho por Todorov.

La misma eliminación del congreso bicameral podría también interpretarse como un signo de barbarie. Carlos Tablante, en la primera camada de diputados después de la eliminación del congreso, preguntaba a los oficialistas si querían un solo canal, una Asamblea Nacional de un solo color y una sola forma de pensar, a lo que los diputados de entonces respondieron al unísono un vergonzoso y sumiso “Sí”.


“Idear, opinar, es una misma cosa con apelar a tal instancia, supeditarse a ella, aceptar su código y su sentencia, creer, por lo tanto, que la forma superior de la convivencia es el diálogo en que se discuten las razones de nuestras ideas. Pero el hombre-masa se sentiría perdido si aceptase la discusión, e instintivamente repudia la obligación de acatar esa instancia suprema que se halla fuera de él. Por eso, lo "nuevo" es en Europa "acabar con las discusiones", y se detesta toda forma de convivencia que por sí misma implique acatamiento de normas objetivas, desde la conversación hasta el Parlamento…”

Que después de casi un siglo las palabras de Ortega y Gasset sigan teniendo vigencia en un país petrolero y caribeño, no tiene ningún sentido.




También son elocuentes en este sentido, los casos de María Lourdes Afiuni y Franklin Brito. La primera fue enviada a la cárcel por cumplir con una ley que dice que una persona no puede estar presa sin condena por más de dos años. Al enterarse, el difunto personalmente y por televisión la mandó a encerrar sin derecho a juicio ni defensor público por 30 años. Por si fuera poco, el juez que lleva su caso, Alí Fabricio Paredes, se ha declarado en muchas oportunidades chavista y revolucionario. Ninguna esperanza para la juez de salir mientras este gobierno siga mandando: “La barbarie es ausencia de normas y de posible apelación”, dice Ortega y Gasset, y nos recuerda demasiado al caso de Afiuni.

En el caso de Brito, simplemente lo dejaron morir. El gobierno le expropió sus tierras, se las invadieron, no se las regresaron y el biólogo inició una estricta y decidida huelga de hambre. Primero la Guardia Nacional lo dispersó (a él solo) con una bomba lacrimógena adentro de su carpa (no hay necesidad de citar a nadie para ver la barbarie en esa acción), luego se lo llevaron a la fuerza al hospital militar donde continuó su huelga alejado de las cámaras de televisión y allí lo dejaron morir. Primero una supuesta “Defensora del pueblo”, Gabriela Ramírez, puso en entredicho la salud mental de Brito. Después, un twit de quien fuera ministro de comunicaciones de la dictadura terminaba de evidenciar la barbarie de un gobierno que se hace llamar “humanista”. Poco antes de morir, Andrés Izarra (el ex ministro de comunicaciones) twiteó “Franklin Britto huele a formol”.

Los casos de los comisarios Iván Simonovis, Lázaro Forero y Henry Vivas también son dignos de mención, y también evidencian la barbarie del actual gobierno.

Tzvetan Todorov apunta que “Los bárbaros son los que no reconocen que los demás son seres humanos como ellos, sino que los consideran equiparables a los animales…” y como animales están tratando a los presos políticos en el país: sin derecho a ver la luz, sin derecho a abogados, sin derecho a tratamientos de salud, sin derecho a ser juzgados en libertad.

Por último, para dejar atrás la barbarie, podemos recordar al caudillo diciéndole a su ex esposa en uno de sus programas dominicales “esta noche te doy lo tuyo, María Isabel”, y este tipo de actitudes también las cataloga Todorov de bárbaras: “Otro indicio de barbarie: algunos no tienen en cuenta si los demás los observan cuando realizan los actos más íntimos (…). El pudor es un rasgo específicamente humano, porque significa que soy consciente de la mirada de los demás.”

Pero volvamos a la civilización y recordemos los hechos de 2002. Por mucho que la maquinaria propagandística intente hacer ver que Capriles irrumpió en una embajada asediada por una turba de violentos, en donde era imposible abrir la puerta principal sin que ocurriera algo parecido a la crisis de los rehenes de Irán de 1979, las imágenes hablan por sí solas. Adentro de la quinta, el embajador cubano, Germán Sánchez Otero repite varias veces que “no hay ningún conflicto” y agrega “se está conversando, se está dialogando” y que el alcalde de Baruta está intentando resolver la situación. Todo transcurre en calma, no hay ni armas, ni violencia ni agresión por parte de Capriles. Al respecto, Todorov nos diría que “El diálogo, que garantiza una posición equivalente a todos los interlocutores, es una forma de comunicación más civilizada que el discurso solemne, en el que uno lanza certitudes mientras los demás escuchan…”.

Pero el revanchismo no se hizo esperar. Un Capriles coherente se entrega a las instituciones, aunque éstas estuvieran secuestradas por el poder y estuvo preso por 4 meses. Reconocer las instituciones de un país, confiar en ellas ¿no es un acto civilizado?

Si damos por sentado que la democracia liberal es un gran logro de la civilización, entonces ¿no es un acto civilizado hacer una carrera política comenzando como diputado, luego presidente del congreso, luego dos veces alcalde, dos veces gobernador y ganador de unas elecciones primarias en el seno de la oposición? ¿No es civilizado prepararse académicamente para realizar todo lo anterior? ¿No es civilizado aceptar la derrota cuando la obtuvo y celebrar en paz la victoria cuando le favorecieron los votos? ¿No es civilizado caminar un país completo dos veces para conocer los problemas del pueblo y así poder atacarlos con conocimiento de causa?



No estamos, a mi juicio, en una elección simple de un presidente y ni siquiera en una elección de ideologías contrapuestas. Debemos, creo haber dado indicios, elegir entre la barbarie representada por el gobierno actual y la civilización representada por Henrique Capriles y la Mesa de la Unidad Democrática. Ojalá y, ya que no nos ha asistido la sabiduría en los últimos 6 años (por decir lo menos), que al menos nos asista la necesidad de cambio.

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Luis: ¡No estoy de acuerdo contigo!
Luis: Ya lo sé, pero es lo que hay.
Luis: Pero por lo menos pon otra visión.
Luis: Este es mi blog, no el de mi álter ego.
Luis: Oh, ok. ¿Bebemos?
Luis: ¡Aquí no hay ley seca!
Luis: ¡Salud!
Luis: ¡Hay un camino!

¡Be-karov!

miércoles, 10 de abril de 2013

Acumulador


Me estoy convirtiendo en un acumulador de información. Entre el DVR, con el que grabo una serie que nunca veo y películas que tampoco veo; una aplicación llamada Pocket, en donde introduzco todos los artículos que no puedo leer durante el día para supuestamente leerlos cuando tenga tiempo; y un dispositivo móvil en el cual caben muchos .pdf y .epub, están haciendo de mí un perfecto wannabe. Por querer ser ese que está siempre enterado del último artículo de Fernando Mires, o haber visto el último capítulo de The Americans, o haber leído todos los clásicos, mis referencias y conocimiento acerca de varios temas se limitan al encabezado, a los momentos importantes de los comerciales y en el caso de los libros a simplemente saber que existen. Pero eso sí, siempre tengo la información a la mano para poder, aunque sea, decir que luego lo leeré o lo veré.

Creo que todo comenzó con el correo electrónico. A lo largo de mi vida post correo electrónico (pertenezco a la generación que creció con carritos Fisher Price y que ahora ve cómo los niños aprenden primero a manipular el iPad que la plastilina), el surfeo diario y necesario sobre el tsunami de Internet te carga tu bandeja de entrada con demasiada y diversa información. Al principio es cuestión de cientos de correos electrónicos guardados para ser revisados después, pero es que ahora son miles. Decenas de miles. Pero los correos ya no me importan (antes sí). ¿Será que me pasará lo mismo con Pocket, con el DVR y con los .pdf y los .epub?

Tiempo. Todo se reduce al insuficiente tiempo. No tengo tiempo de ver todas las películas que quiero ver, ni de leer todos los artículos o libros que quiero leer. Se pregunta Calvino hacia 1981 “¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso en la actualidad?” en ¿Por qué leer los clásicos? ¡Ya para esa época la información era abrumadora! En todo caso, yo no pido disponibilidad para leer a Tolstoi o a Dickens (para lo que quizás necesitaría un año o dos por libro), yo quiero simplemente leer una crónica de Jon Lee Anderson o ver el último capítulo de Breaking Bad. Pero no tengo tiempo.


Y que no tenga tiempo, creo, se debe a dos razones: una interna e individual y otra externa y global.

La primera es mi falta total de organización. Jamás he podido ser de las personas con un horario de lunes a viernes más allá del que me obligua el trabajo.

La segunda, la externa y global se debe a la ingente cantidad de información que tenemos hoy disponible. 

Estoy suscrito a, por lo menos, 50 canales de YouTube, mi Google Reader (que por cierto desaparecerá) se alimenta de, por lo menos 200 páginas distintas (muchas se actualizan varias veces al día), Hollywood saca entre 400 y 800 películas al año, más todas las que ya ha sacado, y veo consecuentemente unas 6 series de televisión. No existe forma de mantenerme al tanto de absolutamente toda la información que quiero consumir. Eso me hace tener una neurosis tremenda de información.

“La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia delante o hacia atrás (…). Así pues, el máximo 'rendimiento' de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad”. Y aunque el tema aquí no sea la lectura de los clásicos específicamente, creo que no peco si extiendo lo que dice Calvino: el máximo rendimiento del consumo general lo obtiene quien sabe dosificar sabiamente la información que mortifica.

No hallo una respuesta, y la busco. Creo que es algo bueno que Google acabe con su Reader, creo que habría que subir la dosis de un medio en plena edad de oro como la TV, bajarle un poco a las películas sin olvidar los clásicos, y leer, leer y leer. Si el tiempo se opone lo que habría que hallar entonces sería la forma de luchar contra él.

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Luis: Nuestros nombres desaparecieron antes.
Luis: Demasiado poético hasta para ti.
Luis: No es poesía, en serio no tenemos nombres dos posts atrás.
Luis: Eso es porque “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”
Luis: Habría que restringir el uso de esa frase.
Luis: Habría que restringir el uso de Pablo Neruda.
Luis: Bueno, ya, salud.
Luis: ¡Salud!

¡بدرود!

lunes, 8 de abril de 2013

Siempre hay un escritor que te puede contradecir


Así. Siempre puede haber un Méndez Guédez, por ejemplo, que puede hacer tambalear lo que creías verdadero. Dice el escritor acerca de la ficción lo siguiente: 

"La ficción se sostiene sobre la idea remota de la eternidad. Frente al tiempo que se mueve incesante, la ficción extrae un trozo de vida y al colocarlo en la circularidad de esa historia que concluye y vuelve a reiniciarse cada vez que alguien la contempla, la lee, la mira o la escucha, se configura un tiempo paralelo donde nada envejece, nada se destruye."

Porque en plural es cierto. Entre persona y persona los personajes vuelven a estar ahí como nuevos. Y aún entre tiempo y tiempo: "también ellos (los libros) cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado" nos recuerda Calvino.

Pero yo terqueo. Para mí, para uno, los personajes mueren al finalizar la ficción. Aunque siempre puedas volver a ellos con vida renovada o visión madurada, el recuerdo de sus finales hará que los leas como quien recuerda viejos momentos que no pueden volver por pertenecer al pasado.





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Luis: ¿Qué? ¿Te atreves así, a lo mero macho contradecir a Méndez Guédez y no contento, también a Ítalo Calvino?
Luis: Ellos fueron los que me contradijeron a mí.
Luis: Ellos no te citaron.
Luis: Todavía.
Luis: Salud por eso.
Luis: Y por lo otro.

¡Namare!

martes, 2 de abril de 2013

¿Por qué lloré con The End?


"50s television, I think... made me feel good."
David Lynch


Todo comenzó por el final. El final de Lost. No más la voz grave diciéndome “Previously, on Lost” y la consecuente adrenalina y curiosidad. No más Jacks, Hugos, Freckles, Sawyers, Lockes, ni qué decir que adiós Jacobs y el maldito humo negro. Lo malo no fue sólo el capítulo (que, madre de Dios, qué capítulo tan malo), sino que terminé llorando como cuando murió mi primera mascota.
Era 2010 y el capítulo lo vi algún tiempo después de que la
ABC lo transmitiera. Pasaba un tiempo en Venezuela y me quedaba con mi buen amigo Luis. Discutimos de todo, incluyendo Lost. Salí de mi habitación para mostrarle mis lagrimones (él sabía que lo estaba viendo) y casi me golpea. En ese momento no le supe explicar mis lágrimas; sólo el tiempo me dio el desapego necesario para más o menos entender por qué mi sensiblería.

Comencé a ver Lost mucho tiempo después de su estreno en EE.UU. Vivía en Salamanca; estudiaba un máster en Guión de Ficción para Cine y TV para el que obviamente no estaba preparado. Yo tan cine indie y ellos tan interesados en lo que realmente vale la pena. Siempre me hablaban de las series y yo respondía a lo Ricky Martin: “no, es que la TV no me gusta mucho, yo soy más de cine”. Para luego salir a hablar de David Cronenberg o Michel Gondry y enterarme de que ellos eran más de cine que yo también y por cada referencia mía ellos tenían cinco. Con el tiempo, estos compañeros se convirtieron en amigos entrañables, con los que todavía mantengo contacto.

La cosa es que todos hablaban tan bien de la serie, que todos hablaban tanto de la serie y yo me tenía que callar o intentar cambiar de tema, y que ya necesitaba ver series para hacer mis trabajos, que al fin comencé a ver Lost. En cuestión de semana y media ya había engullido las tres temporadas de 22 capítulos c/u, que habían transmitido hasta el momento (¡una noche con un cacho de mañana vi 13 capítulos! No fue fácil que me prestaran los deuvedés en la facultad, siempre los tenía alguien más). Claro que quedé prendado -dejemos la trascendencia de Lost para otro artículo- y pensé que esto de la TV tiene futuro.

Al terminar el máster, me mudé a Madrid (regresarme a Venezuela no era una posibilidad, toda vez que mi familia inmediata ya no vivía allí), y en la capital española comencé mi prometedora, aunque corta, carrera de empresario a fuerza de vender de puerta en puerta. Era mediado de 2008 y la súper crisis económica mundial que echó por tierra todo lo que conocíamos y que de casualidad no hace que termináramos como en Marte, asomaba sus cuernos. No había empleo, botaban a los que tenían uno y todo aumentaba de precio.

Mi trabajo consistía en que me “motivaran” para salir a vender alarmas fuera cual fuera la condición atmosférica. La lavada de cerebro era atroz, sin ningún tipo de vergüenza: “en un par de meses comenzarás a ganar 1000 euros semanales” decían  “para el quinto año tendrás 10 o 20 oficinas con 20 gilipollas como tú haciendo lo que tú haces, ganando dinero para ti, mientras tú te vas, como yo, a pasar las vacaciones a los Alpes suizos” decían.

No puedes ser un licenciado en letras medianamente serio, si te crees estas tonterías. Pero qué demonios: Kafka trabajó en una compañía de seguros, Rimbaud fue traficante de armas y Charlie Kaufman atendía quejas telefónicas. Eso y que la necesidad te desinhibe. Todo esto viene a cuento, porque después de pasar día sí y día también escuchando idioteces de un pseudo gerente sediento de dinero, tragándome todo el mal humor de mucha gente (y la bondad de muchas otras ofreciéndome comida, cerveza o un paraguas), y pasando frío o calor, después de todo eso, llegaba a mi casa a ver series. Entre ellas, a medida que la transmitían, Lost.
Así pasé un año completo, hasta que ya no existía absolutamente nadie en Madrid que quisiera comprar una alarma, y así fue como decidí que hasta allí llegaba mi carrera como empresario. Mi familia, que vivía en Dallas me recibió.

En EE.UU., como turista, no podía trabajar legalmente, así que mientras inventaba cómo ganar dinero, también seguía viendo series. A Lost se le habían agregado House, MD (mi favorita), Six feet under, How I met your mother, My name is Earl, The Big Bang theory, Two and a half men, y en menor medida Mad Men, Supernatural o Heroes. No es una gran lista (de la que algunas se han bajado y otras se han montado), pero es mi lista.

Ya montados en 2010, comenzando marzo, me llaman desde Venezuela para un trabajo de un par de meses en donde recorrería buena parte de Latinoamérica: fueron 13 localidades en 8 países, recorridas en un intensísimo mes. Al final todo se alargó hasta finales de septiembre, que fue, aproximadamente cuando vi el capítulo final de Lost.

Recapitulemos: comencé a verla siendo un estudiante en Salamanca en 2007, la continué viendo mientras fui vendedor de puerta a puerta en Madrid entre 2008 y 2009, luego, un mantenido por mis padres en Dallas en 2009, hasta que la terminé en Venezuela trabajando, al fin de escritor hacia finales de 2010. ¿¡Cómo no iba a llorar con el final!?

No es que haya descubierto el sentido último de la vida al darme cuenta de que las 8 temporadas fueron un gran “Bruce Willis siempre ha estado muerto” kinda-thing. Tampoco fue que me dio mucho sentimiento que J.J. Abrams haya mantenido pegado a la pantalla a millones de espectadores sin ningún sentido ulterior. Menos que menos tener la certeza de que la TV le ganó la partida al cine, y Lost fue la prueba más rotunda (hoy peleando con The Walking Dead y Breaking Bad, si me preguntan a mí). Fue simplemente que los personajes, mis amigos, mi familia, yo mismo, ya no estaríamos siendo transmitidos semanalmente ¡Por eso lloré!

Desde que comencé a ver la serie, fui identificándome con los personajes, fui comparándolos con otros amigos, familiares y conocidos, sus arcos de transformación se parecían a cambios reales que había visto o vivido. Jack, como yo, pasó de ser un escéptico a ser un creyente. Hugo y Claire me recordaban a una pareja de amigos porque ellos eran gorditos y ellas muy lindas. Locke era como mi abuelo. El principio de identificación que debe regir toda pieza audiovisual que cuente una historia funcionaba a la perfección en Lost. Pero una cosa es identificarse en el efímero mundo del cine, que dura entre 90 y 180 minutos y otra muy distinta es saber que semana tras semana verás de nuevo a los personajes con los que te identificas y reconoces en todas partes. Lloré porque los amigos que tuve durante los tres años que duré viendo la serie murieron y no los vería más. El capítulo final sólo era esa afirmación, su contenido era completamente irrelevante.

La parte positiva es que la televisión vive un buen momento y todas las musas acompañan a sus guionistas. Hace 9 años parecía que Friends acababa con los sitcoms y salió The Office, Chicago Hope parecía el último drama de hora completa y después de eso no podía haber más dramas (y menos médicos) pero salieron House MD o Grace Anatomy. Hace 3 años parecía que las buenas series se acababan con Lost, pero salieron Breaking Bad y The Walking Dead. La televisión sigue reinventándose y nos sigue ofreciendo entretenimiento que el cine actual sólo aspira ofrecer, salvo contadas excepciones. En este sentido las series se parecen a las mascotas, unas se van y serán irreemplazables, pero otras vienen y también son especiales.

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-"Nosotros los de entonces  ya no somos los mismos"
-"Lo único constante es el cambio"
-"Tú joven y yo viejo, pero podemos seguir siendo amigos"
-"Brindo por las mujeres que derrochan simpatía"
-"¡Salud!"

¡Mirupafshim!