miércoles, 19 de marzo de 2014

Discutamos: #SOSVenezuela


  1. Yo soy de clase media. Cuando mi papá y mi mamá se casaron consiguieron una casa en Catia. De allí, antes de que yo caminara (“Si Luis Ernesto comienza a caminar en esta pocilga yo me regreso a casa de mi mamá”) nos mudamos a El Marqués. Mis padres tuvieron que dejarme primero con primas, hermanas, y al final, con muchachas contratadas para ellos poder ir a trabajar y estudiar. Nació mi hermana poco después de mi tercer cumpleaños y nos mudamos a Colinas de Bello Monte. Allí pasé los siguientes 24 años de mi vida hasta que no aguanté más y me fui para España a estudiar, pero con la idea de quedarme. En España, por un año, viví de mis padres que dos años antes también habían salido del país. El segundo año les gasté buena parte de sus ahorros intentando independizarme. No lo logré (no viví en la miseria, pero tampoco en la opulencia… vivía en Vallecas) y me mudé con ellos a Dallas. Allí conocí a mi esposa, la mamá de mis hijos y ahora ambos trabajamos, le damos la mejor vida posible a nuestra hija, nos damos la mejor vida posible nosotros, no todo es perfecto, pero en general estamos tranquilos. Somos clase media y tenemos cierta estabilidad. Ahora, eso no quiere decir que no me importen los pobres de EEUU o de Venezuela, me importan lo mismo que me importa el hambre en África, la guerra en Siria y el hecho de que China se esté convirtiendo en la primera potencia económica del mundo, entre otras injusticias y despropósitos. Mis esfuerzos los distribuyo como a mí me parece según mi momento vital, y de seguro también según mis aptitudes y habilidades. Ahora mismo, el 99% de mis esfuerzos (aunque no tenga nada que ver con mis aptitudes y habilidades) están puestos en mi hija y mi familia. Me duele mi país por una definición líquida de patria que sólo tengo en mi mente y que he atisbado en algún que otro poema. Lo que quiero decir es que mi posición social (que no me avergüenza) no tiene nada que ver con mis sentimientos acerca del país. Actualmente me duele y me interesan los hechos que ocurren en mi país por esa misma definición y porque todavía tengo familiares y amigos viviendo allá y me dolería mucho si algo les llegase a pasar como consecuencia del ladronaje descarado y el populismo bestial que azota al país (dejando a un lado todas las penurias que viven diariamente por la implementación de políticas económicas catastróficas, que no es poco). Entonces que nadie me venga a decir que yo no puedo opinar por ser burgués, o porque nací en la clase media no sé nada de lo que pasa en Venezuela que es (sí, sigue siéndolo) un país de gente pobre y que en definitiva, me discrimine por haber nacido de padres que echándole bolas pudieron criarme clase media. ¿O no es acaso esa misma discriminación en contra de la cual tanto luchan los rojos venezolanos?
  2.  Tengo una opinión acerca de lo que pasa en mi país. No por estar lejos no sé lo que pasa, aunque por estar lejos no lo padezca igual. Lo que saben los que están allá no lo sé yo, y viceversa, lo que yo sé, no lo saben ellos, y esto también funciona para cualquier par de personas o grupos que puedas imaginar: nadie sabe lo que tú sabes y viceversa: tú no sabes lo que los demás saben, por favor, no vuelvan a decirme que porque yo no estoy allá yo no sé lo que pasa. Puede que sea cierto hasta cierto punto, pero el tono de “no te metas”, de “esa opinión no me gusta”, de “no jodas y déjanos a nosotros luchar que ya tú te fuiste”, ese tono discriminatorio, muy parecido al tono que tanto adversamos, me parece fuera de lugar, además de, me permiten la redundancia, hipócrita. Mi opinión, tan válida como la de cualquier venezolano, es la siguiente:
    • Las guarimbas no sirven de nada (acaso les sirven al gobierno). Y no, las guarimbas no son nada pacíficas: trancar una calle impidiéndole al vecino ir al trabajo o quemar cauchos viciando el aire que la comunidad respira no es paz
    •  Capriles es, de lejos, el líder que más le conviene al país, por su inteligencia y su currículo. Se ha equivocado (las menos), ha acertado (las más), pero ha medido bien. Si se equivoca no es estrepitosamente, como les ocurrió a Leopoldo López y a María Corina Machado.
    •  Jamás entendí las protestas como un golpe de estado ni me pareció que de forma mágica o espontánea nicolás fuera dejar la presidencia porque en Altamira decidieron ir a tirar piedras; tampoco me pareció jamás que los militares fueran a apoyar a la ciudadanía tirando un golpe de estado, que además, en mi opinión, es indeseable: si la población está dividida ¿por qué los militares no habrían de estarlo?
    •  Entre María Corina Machado y Leopoldo López le allanaron el camino al gobierno para que salieran con la cantaleta de que se estaba gestando un “golpe suave”. Aunque me parecen líderes inteligentes, también me parece que se equivocaron, no supieron ver algo lógico: las condiciones económicas, sociales y políticas estaban hundiendo solitas al gobierno del ilegítimo (sí, me parece que es un ilegítimo, pero me pareceque la forma de luchar contra la ilegitimidad no es la guarimba ni mucho menos#lasalida), y que en poco tiempo la población le comenzaría a pasar factura.
    •  Me parece que la única (no es hippiesmo) lucha posible en Venezuela es la no violencia. Y la razón es simple: para una lucha violenta se necesitan armas y la oposición no tiene armas ni tiene cómo conseguirlas. También se necesitan milicias, entrenamiento (tiempo), y gente dispuesta a irse a caer a tiros con los paramilitares rojos que han sido entrenados por las farc, por el G2 cubano, por milicias rusas, iraníes, chinas, etc., etc.
    •  ¿No es el momento histórico perfecto para cambiar al fin la mentalidad militarista que tenemos los venezolanos? Ya que la cuarta república cayó y la quinta está moribunda ¿no deberíamos aprovechar para construir una nación sobre las bases del civismo y no sobre las de otro golpe de estado, que además tendría consecuencias impredecibles? ¿No deberíamos hacer la violencia a un lado y darnos -y dar- al mundo una lección de que las injusticias se combaten con inteligencia? ¡Coño, tenemos Internet! ¡Hay miles de formas de resistir! Si estamos intentando combatir la imposición de ideas ¿por qué habríamos de imponer las nuestras a punta de guarimbas, tiradera de piedra y quemadera de cauchos?
    •  Julio “Coco” Jiménez es una excelente amalgama entre el pueblo chavista y el pueblo opositor. Le pediría que se cuidara, porque si hay algo que debe tener nervioso al gobierno es que las dos mitades del país se entiendan. Y un juliococo puede despertar a otro juliococo (como Yeiker Guerra) y dos juliococos pueden despertar a 4 juliococos y así. Y no doy mucho crédito a los que dicen (ya me lo han dicho, al menos, dos personas) que Julio “Coco” puede ser un chávez cualquiera: no es militar, no intentó un golpe de estado y, en la época de chávez no había Internet, los líderes duraban más.
  3. Yo no tengo la razón. Y eso posiblemente aplica para todo lo que pienso, no sólo con respecto a Venezuela. Como no tengo la razón entonces intento leer lo más que pueda a aquellos que dedican su vida a buscarla. Con algunos estoy de acuerdo en un momento, con esos mismos estaré en desacuerdo otros momentos y con otros me pasará lo mismo. Hasta hay algunos con los que siempre estoy en desacuerdo, pero igual los leo y hay otros con los que siempre estoy de acuerdo. Trato, eso sí, de alejarme de embaucadores. Aunque soy de humanidades intento ser lo más científico posible: nada de adivinos ni rezos, intento aplicar mi discernimiento para diferenciar de un texto hilado, sustentado y serio a uno sin argumentos o profético. Si recomiendo una lectura no es para que a ti también te guste, pero sí para debatir en torno a las ideas que la lectura propone.
  4. ¡Porque el debate es bueno! Ya basta de ser ciudadanos que queramos siempre imponer nuestras ideas, basta de huirle a hablar, a discutir, hasta a alzar la voz (mientras que sea por pasión y no para callar al otro) para exponer un punto de vista; comencemos a escucharnos, a leernos, a comprendernos. Mis discusiones, mis debates de adolescencia tardía en una Venezuela que recorría el camino de la autocracia, de una Caracas que recorría el camino del caos reforzaban o desestimaban las ideas que traía de mi primera adolescencia feliz en el Colinas de Bello Monte. No me concibo sin mis apasionados, acalorados y emborrachados debates nocturnos en la Caracas donde todavía podíamos beber en los alrededores de la Universidad Central de Venezuela los viernes por la noche (o los lunes, o los miércoles, daba igual). En serio, los debates son una excelente forma de formar opiniones sólidas.
Creo que al final lo que quiero decir es que todos nos debemos escuchar, sin importar clase, lugar donde vivimos, ni siquiera posición política; la izquierda y la derecha dejémoslas para cuando haya papel tualé. Creo que es importante, como infinidad de líderes lo han dicho, que nos organicemos, que discutamos rutas, ideas, formas de calmarnos, porque una de las luchas debe ser para convencer a los que no piensan como nosotros pero que están descontentos. Enfoquemos nuestra energía en saber discutir, en saber escuchar y, en base de lo que se dijo antes, elaborar las ideas que ya tenemos en mente para que, con la seguridad y la calma que da haber rumiado lo suficiente nuestras ideas, luego podamos defenderlas con paciencia y firmeza.

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Luis: ¡Me quiero ir!
Luis: ¡Me quiero regresar!
Luis: Mentira, me quiero quedar
Luis: Y yo no me quiero regresar
Luis: Es complicado hablar así, de lejos, en las líneas de un blog, al final
Luis: Pero no es tan complicado beber
Luis: Lo justo, no estamos para parrandas.

До побачення!