miércoles, 1 de mayo de 2013

Mis zapatos para ir a trabajar


“Ama a tu arte como a tu novia,
dándole todo tu corazón.”
Horacio Quiroga

Cuando llegué a EE.UU. tenía unos zapatos puntiagudos muy usados por los europeos entre 2008 y 2009. Debido a que no podía trabajar de otra cosa que no fuera como vendedor de puerta a puerta, los zapatos, ya maltratados por trabajar de lo mismo en España, se terminaron de dañar. Tuve que comprarme otros. Mi aventura como vendedor aquí en EE.UU. no duró mucho por cuestiones legales, a lo que doy gracias a los caprichosos etéreos que nos rigen, pero los que sí duraron fueron mis zapatos.

Me acompañaron en otra pequeña aventura como empresario vendiendo quesos venezolanos en Dallas y otro rato más cuando fui a Venezuela a trabajar para The Amazing Race, Latinoamérica. Poco después de regresar a Dallas, me casé y los usé en la boda (todavía suficientemente nuevos), y con ellos seguí buscando trabajo hasta que lo conseguí.

Durante un año y 2 meses he asistido al trabajo con esos zapatos, porque no tengo otros para el fin.
Ya los zapatos estaban un poquitín dañados, las arrugas se le notaban, era complicado limpiarlos, las gomas estaban salidas y rotas. De lejos se veían relativamente bien, pero si uno se fijaba, literalmente, se les notaban y salían las costuras.

Bueno, hoy no los utilicé. Hoy, día del trabajador, no necesité volver a ponérmelos porque ayer quedé cesanteado. Quedar cesanteado es lo mismo que te boten, sólo que te hacen saber que no es una decisión tomada a raíz de tu desempeño sino por otra razón de la empresa. Y es importante porque no había demasiado que yo pudiera hacer para cambiar tales designios.

La cosa es que yo utilicé esos zapatos para vestirme profesionalmente, acorde a los reglamentos implícitos de un puesto de mercadeo en una empresa trasnacional. Pero ese puesto tuvo muy poco que ver con mi perfil.

Quisiera de verdad que  los zapatos sean un símbolo del fin de mi rodeo alrededor de lo que realmente me gusta. Ojalá y mi cobardía y falta de voluntad para escribir estén igual de arrugados, rotos, que ya se les comiencen a ver las costuras. En mi vida, aparte de los trabajos satélites, de los trabajos “mientras tanto”, no he hecho nada más que prepararme para ser escritor, e intento mantener la preparación en mi día a día leyendo lo más que puedo, investigando, trazando líneas de trabajo que generalmente dejo por la mitad, intentando llevar este blog que he olvidado por mucho tiempo varias veces. Así como tengo que cambiar de zapatos, tengo que cambiar de actitud y escribir seriamente.

Hasta aquí mi confesión. Esto era más o menos lo que pensaba ayer mientras salía de las instalaciones de la empresa. No iba triste (al menos no demasiado triste), salía también un poco esperanzado porque mi zona de confort acababa. Porque ahora tengo que hacer: buscar trabajo, leer, ver películas y series, y escribir.
 Así que, ojalá y hayan pasado un buen día del trabajador. Yo lo pasé sin trabajo pero trabajando y un poquitín más esperanzado que ayer.


Luis: ¡Bien!
Luis: Ya eso lo has dicho antes.
Luis: Y estaba bien también.
Luis: Sí, pero no funcionaba.
Luis: Da igual, lo importante no es que funcione sino que sigas intentando.
Luis: Eso es autoayuda.
Luis: Esta entrada también.
Luis: Esta entrada es sincera.
Luis: Autoayuda sincera.
Luis: Huyámosle bebiendo.
Luis: ¡Salú!

N a wè!

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