sábado, 10 de mayo de 2008

Cualquier día en Caracas

Hasta un par de clics antes de escribir esto, me disponía hacerlo acerca de un viaje que hice el fin de semana pasado, pero sería muy hipócrita de mi parte.

Desde la tarde de ayer (hora de Venezuela) unas tres familias (que yo sepa con exactitud) viven lo que toda la clase media venezolana teme -a veces a escondidas, a veces con lágrimas nocturnas esperando que la puerta abra: secuestraron a sus jóvenes hijos. No los conozco, pero la información me llega de primera fuente.

Cuando yo entré a la universidad y salía hasta las tantas y caminaba mi contradictoria ciudad sin que me importara absolutamente más nada sino el momento, mi madre me decía algo que todavía me causa cierta rabia: "¿tú te crees súper man?" Yo no entendía muy bien esa frase, porque me la decía sin más explicaciones. Que jamás se piense que yo puedo reprochar a alguno de estos muchachos, muy lejos de mi intención. Traigo a colación esta frase porque, cual ciudad Gótica, Caracas está totalmente sitiada por el hampa, y los que todavía se atreven a salir a cualquier hora, pues, están a su merced. Pero recuerdo también que para la políticamente convulcionada Caracas de entonces tomarse un par de birras con los panas no era tarea fácil. Ese simple hecho traía problemas familiares y filosóficos: familiares porque aunque nos lo prohibieran, lo hacíamos; y filosóficos porque nuestros temas de conversación mientras nos tomábamos las birras era nuestra límitada libertad en la ciudad. Cierto es que nadie es totalmente libre, pero las restricciones se hacían cada vez mayores. Uno de esos panas siempre decía: no me puedo quedar encerrado en mi casa porque a una banda de políticos, con los que no tengo absolutamente nada que ver, se les ocurra problematizar al país. El caso es idéntico con los malandros (acaso malandros y políticos en mi país sean palabras sinónimas), entonces cualquier joven caraqueño se ve en la obligación de mermar sus buenos años viendo noticias, series de tv, películas, leyendo o jugando videojuegos (que todo está muy bien, pero no es lo único que se hace a esa edad) y no saliendo a compartir un par de tragos, máxime cuando se tiene un carro del año y los padres los ahorros de toda la vida en una casa en la playa.

Valga, por supuesto, el hecho de la gran diferencia social en Venezuela. El 80% de la población vive en pobreza y sólo dos familias tienen lo que tiene el resto del país. Valga que posiblemente estos secuestradores jamás lograrán conseguir la cantidad de dinero que piden por la libertad de estos jóvenes de otra manera, y valga que posiblemente, en este caso específico, la justicia de la vida no ha sido equilibrada. Entonces es un problema político y claro, un problema social que deben resolver los que pueden hacerlo y cada uno de nosotros revolucionar en nuestro fuero interno. Y estas dos ideas están seguidas por una lógica que impulsa la situación de mi país: ambas son utópicas... ¡Qué triste!

Me consta que una de estas familias y sus allegados pasaron una angustiosa tarde intentando por todos los medios conseguir el dinero solicitado, me consta también que pasaron una fatal noche esperando la llamada de los secuestradores, lo que todavía no me consta es cómo ha finalizado la situación. Presumo que la policía jamás se enteró del hecho por temor de los familiares a que a sus hijos les pase algo. Presumo que esta vez todos saldrán ganando: el hijo con vida, los malandros con su dinero.

Y así nos vamos acostumbrando. En Caracas prefería salir con mi carcachita sin aire, golpeado por la vida (y por mí) y con un equipito fino (sin ostentación) para escuchar mi música, estaba más tranquilo que si salía con la otra, la potente, la que me hacía ver más sexy, la que subía y bajaba al Ávila tranquila y sin nervios, la que las jevitas pillaban de ipso facto... yo prefería mi cacharro ¿y por qué lo prefería? ¿por qué, si tenía la posibilidad, no me daba el chance de salir un pelo más cómodo? al menos por el aire acondicionado, en Caracas hace un calor que pela. Porque me acostumbré. Porque una vez me dije: verga, de pana no soy súper man, así que mejor me voy en mi cacharro. Porque cuando aquí en España me preguntan "¿Qué tal Caracas?" yo no estoy seguro qué responder, pero casi siempre digo: "si vas, procura que alguien te invite, no vayas solo porque no sabrás por dónde meterte y por dónde no", porque mi ciudad, con su bella Avenida Bolívar, su pulcro (aunque atestado) Metro, su clima insuperable, sus zonas históricas, su Jardín Botánico con su Gran UCV al lado, su gente, su cosmopolita Centro Simón Bolívar y su esperanzador Cerro Ávila, hoy no es para disfrutarla, sino para temerle. Antes iba a un local muy fino en la Baralt, ahora no lo haría ¿para qué? Antes sacaba dinero de un cajero yo solo, ahora, a menos que esté en un local, no lo hago. Antes mi viejo aparcaba el carro en la calle, ya no. Antes la policía no nos sacaba de los miradores. Antes usaba reloj. ¿Tenemos que llegar hasta el punto de decir que antes salíamos a tomarnos unas birras?

Y así la libertad del caraqueño se va reduciendo poco a poco. Hoy escribo esto porque tengo el medio, pero a no pocos conocidos y amigos les ha pasado una situación similar.

No me queda más que, desde este muy limitado y pequeño rincón, desearle a las familias de estas personas y a ellos mismos, que todo salga bien y lo más rápido posible.

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Para el momento en que escribía esto, no tenía noticias de lo ocurrido y preferí esperar para publicarlo. Eran tres chamos, y los soltaron ayer a las 8 de la mañana, supongo que sin mediación de la policía... de hecho parece que fueron policías los que los secuestraron. Un cuento que se vuelve recurrente en mi ciudad.

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Hoy Luis y Luis duermen la pea. Luis sueña con el botón, el magnífico y salvador botón, y Luis sueña con el pasado.

Nashledanou...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Sî, todo lo que escribes es duro y cierto. Justo ayer pensaba en eso porque, acâ en Parîs, en el Hotel de Ville, tienen un enorme cartel con la ûltima foto de Ingrid Betancourt, secuestrada por las Farcs hace anios. Es, a mi parecer, una manera de hacerlo consciente, de que los parisinos con sus vidas calmadas y seguras sientan por un instante lo que es vivir en Colombia, que ya es lo mismo que vivir en Caracas, no?
Pero fotos, palabras, emociones, todo se resume a un sentimiento de impotencia que se acrecienta cuando uno estâ lejos, como si al menos viviendo en medio del caos uno se sintiera menos culpable por el simple hecho de no poder hacer nada.
No sê.

No soy anônimo, soy Tata.

Anónimo dijo...

No es Caracas viejo es el hombre... el hombre y la miseria.. el hombre la miseria.. el hombre la miseria y el boton...

oboed dijo...

Claro, Tata... si estás en Caracas sientes que al menos el peligro lo compartes con todos los demás, eso te convierte en una potencial víctima igual que cualquiera, en cambio lejos es distinto... por eso también muchos odian a los que se van del país.

Sí, Fil... hombre, miseria y botón, cierttamente en ningún lugar del mundo puedes estar 100% seguro, el problema es que entre 0 y 100 ¿más cerca de cuál quieres estar?

Carrie dijo...

Caminar de noche... ya he perdido la práctica. Ahora conduzco esos monstruos facilitadores de la vida y me pierdo las bondades del contacto directo con la ciudad, con la contradictoria Caracas.

Qué chimbo lo que cuentas, menos mal que todo se resolvió bien.

Cuídate ¿vale? Au revoir.