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miércoles, 11 de septiembre de 2019

De la Efeba Salvaje o “¡Que no son cuentos feministas!”


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Me ocurre muy de vez en cuando. Generalmente no soy ni original, ni voy a contracorriente. En temas literarios, al menos, comúnmente estoy de acuerdo con la mayoría y viceversa. Pero a veces pasa que no. Y fue el caso con La Efeba Salvaje, de Carlos Velázquez. En El Book Club nadie estuvo de acuerdo con mi idea de que el libro de Velázquez fuera un libro de cuentos feministas.

Me gustaba esa idea. Era una intervención provocativa en nuestra reunión. Me vieron raro, seguramente pensando: ¡Cómo va a decir este que es feminista un tipo que dice que "El pobre lo único que tiene es su verga para abrirse paso en el mundo"! ¡Es claramente una compilación de cuentos falocéntrica y en muchos momentos machista!

Con algunos días de distancia, ahora pienso que ciertamente no son cuentos feministas. Pero tampoco machistas ni falocéntricos. Son cuentos con un comentario mas bien crítico hacia cómo tratamos a las mujeres en una cultura tan profundamente machista como la latinoamericana.

No hay otro tema en el libro sino las relaciones que existen entre un hombre y una mujer: de pareja, entre amigos (o "amigos"), entre madre e hijo, entre hija y padre, y entre compñeros de trabajo.

Por un lado los personajes masculinos son machistas y completamente identificables y por el otro los femeninos son más bien trágicos, enfrentados a ese machismo que se antoja insuperable (aunque me da que Mundo Death funciona como una película en negativo: el positivo sería la mujer abnegada y religiosa casada con un marido violador, o cuando menos, abusivo, pero que, según él, no lo hace con mala intención).

En todos los cuentos el personaje femenino se lleva la peor parte (de nuevo Mundo Death funciona al revés, pero en la misma tónica de abuso). Hay violencia, machismo, menosprecio. ¿No se usan estas palabras para definir el trato del hombre latinoamericano a las mujeres?

Como en Antígona, donde la historia se inclina hacia lo masculino, pero recae sobre el personaje femenino, que además es la que actúa correctamente. En los cuentos de La Efeba Salvaje pareciera que ocurre lo mismo: las mujeres son las que, relegadas a un segundo plano, cargan con el peso de lo que realmente ocurre en cada historia.

Quizás, como ya se adelantó anteriormente, el único que funciona un poco a contrapelo, es Mundo Death, donde la mujer es la que actúa como la caricatura de un hombre terrible: obliga a su marido a satisfacerla sexualmente. Y el marido a su vez, actúa como la caricatura de una mujer religiosa y sumisa: estoy de luto por todo, no puedo follar, pero tengo la obligación de satisfacerte, etc. La "dulzura" del orgasmo de la mujer quizás no tenga tanto que ver con el placer puramente sexual sino con la violencia con que lo consigue.

Este cuento viene, creo yo, a resaltar la posición profémina de La Efeba Salvaje: ¿Cómo funcionaría si fuera el hombre el que obliga a su mujer a satisfacerlo, a masturbarlo? Algo, pareciera querernos decir Velázquez, acerca de la hipocresía latinoamericana.

La mayoría de los cuentos se narran desde la perspeciva masculina, pero eso no impide dejar por el suelo a la figura del hombre en cada uno de ellos.  Sí que es verdad que todos los cuentos, casi todos narrados desde la perspectiva del hombre, usan las típicas palabras del macho alfa para referirse a las mujeres, pero inclusive el trato de estos hombres siempre es condescendiente con las mujeres.

En todo caso, por lo anterior se podría decir que no, que el lenguaje usado en los cuentos denota un claro machismo cultural que Carlos Velázquez no logra ocultar. Yo diría más bien, que no hace nada por ocultarlo y que al final no deja bien parado al que lo usa: el drogadicto se queda sin dinero y sigue siendo el perdedor de siempre, el padre del stormtrooper termina siendo un pusilánime asesino, el reportero estrella termina en la cárcel, el gordo mujeriego termina aceptando su problema, y el ranchero vivirá una vida maldita. Si fuera un libro machista, ¿por qué los hombres terminan tan mal? Las mujeres también terminan mal, pero al menos con dignidad. Los hombres ni eso, terminan indignos y miserables.

Está de más comentarles que en El Book Club nadie estuvo de acuerdo conmigo, y yo mismo en la distancia tampoco lo estoy. Pero sirvó mi rebeldía puntual para hablar del feminismo, del machismo latinoamericano, del estereotipo del hombre y la mujer en nuestra región.

También me sirvió a mí de base para tratar de ahondar un poquito más en unos cuentos que a primera vista pareciera que su único logro es el uso ingenioso y gracioso del lenguaje. 

Ciertamente ahora no me parece un libro feminista, pero sobre todo porque no es un libro político ni activista. Es un libro de cuentos de ficción, donde la narración es fundamental, donde los personajes, hombres o mujeres, son tratados con profundidad, donde la trama pocas veces decae. También es un libro en el que el lenguaje, por momentos barriobajero, da vuelcos ingeniosos sin caer en vana palabrería, sino que dicen, y que aumenta el placer de la lectura.

En fin, compañeros de lectura, sepan disculpar a quien pocas veces va a contrapelo, si la conversa de El Book Club tomó derroteros equivocados para un libro que a su juicio de ustedes no lo merecía. Valgan las cervezas y la compañía de consolación por la conversa que habrían preferido.

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-¡Hola, tanto tiempo!
-Ni tanto, todavía tengo sabor a ron en la boca.
-Ya, pero en tiempos internettísticos debe ser bastante.
-No.
-Oye, que de verdad trataré de venir más a menudo.
-¡Sí, por favor!
-Pues, ¡salud!
-¡Salud!

¡Tatá!

lunes, 23 de abril de 2018

Breve reseña de Rendición, de Ray Loriga



Rendición, la novela ganadora del Premio Alfaguara de novela 2017, y que leímos en la anterior edición de El Book Club, me recordó al comentario de Ricardo Piglia que reza:

“La versión moderna del cuento (…) trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo (…) lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.”

Esa tensión en la novela (si nos permitimos extender lo anterior a la novela o al contrario) está enmarcada en una narración de un hombre común que cuenta los cambios que va sufriendo una familia a consecuencia de una guerra.

La novela se narra como en POV. Similar a lo que ocurre con los personajes de Being John Malkovich, miramos a través del protagonista: en Rendición somos también el narrador. Al vivirlos con él, al atraernos a sus cavilaciones, los del protagonista son también nuestro tiempo y nuestro mundo.

Despojada de grandes aforismos, la narración de Loriga logra hacer que cada pasaje, cada frase marchen hacia la construcción de la historia.

O de las historias.

Continúa...

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Esta nota fue publicada en la página de mi librería favorita de Dallas, The Wild Detectives (estoy muy de acuerdo con ellos). Si quieren terminar de leer esta breve reseña y además ver el video de la entrevista que le hizo Buenafuente a Loriga, pues, sigan este enlace.

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-Así me parecía que me decían a mí cuando estaba allá.
-¿Cómo?
-Al talego, coleguita.
-¿Y eso no significa que te vayas a la cárcel, panita?
-Sí.
-¿Y eso era lo que te decían?
-Eso era lo que me parecía que me decían.
-¿Y qué te decían?
-Hasta luego, coleguita.
-Oh... Pues, salú.

¡Al talego, coleguita!

lunes, 18 de diciembre de 2017

Mis top picks

Intro: Mi ego hizo que entendiera mal un correo y entonces en vez de escribir una muy pequeña lista, escribí una breve nota. Porque claro, pensé que a todo el mundo le importaría lo que más me gustó del año.

Como no quise que se perdiera en el tintero, y como no está mal actualizar este espacio aunque sea una vez al año (vamos, que esto lo puede ver algún empleador), pues, aquí les dejo mis top picks del año.



Mis top picks de 2017:

Y ahí vamos de nuevo, a redondear el año que es tiempo que es línea recta pero que con el recuerdo de las victorias y las derrotas ocurridas en esos 365 días se torna más o menos circular. Y entre esas victorias está lo leído, los libros nuevos que siempre son una victoria, y también lo escuchado y lo visto. Así que aquí van, mis top picks del año, lo que descubrí y que me gustó por encima de lo demás. Lo que hizo detenerme más de lo normal en ese trayecto sin retorno que fue el año que siempre al acabar se va convirtiendo más bien, como diría el viejo filósofo, en un eterno retorno.

Libro: Conjunto Vacío de Verónica Gerber.
“Somos otra generación, debemos contar las historias de forma diferente”. Así lo planteaba Gerber Bicecci hablando de su libro en The Wild Detectives el pasado 28 de septiembre. Y así, de forma distinta, labra este pequeño pero fabuloso libro que es novela y artes visuales, y donde el texto y los diagramas se complementan para narrar una historia depurada de ruido, una obra con unos silencios que invitan al lector a participar pensando e imaginando posibilidades que el libro sólo insinúa. Tengo para mí que es un libro que continúa, a través de la ficción, un camino que comienza la escritora a través de las artes plásticas, la crónica y la reseña mucho antes de comenzar a escribir sus páginas. Pero no sólo la forma distinta de narrar la historia, sino su forma heterodoxa de hacerlo (no es una historia que se narra linealmente), la poesía presente en sus páginas, y la historia en sí misma hacen de Conjunto Vacío una de esas lecturas a las que se ha de volver.

Álbum: Salvavidas de hielo de Jorge Drexler
En la primera canción de Salvavidas de hielo, y esto no siempre ocurre en Drexler, la música logra acompañar de forma justa a un verso casi divino: "Es más mío lo que sueño que lo que toco". Estos son los momentos en la música de Drexler que lo dimensionan y lo alejan de lo discursivo y lo meramente ingenioso. Pero es la soberbia simpleza de Asilo donde el uruguayo logra invitar al desgañite a cualquiera que vaya solo o sin vergüenza escuchando este trío de dos voces y una guitarra eléctrica, la que me hace elegir definitivamente este álbum en el recuento. También la ternura y sinceridad de Pongamos que hablo de Martínez donde, "más vale tarde que jamás" le agradece a su "maestro y amigo Joaquín Sabina" su apadrinamiento (como lo cuenta en este Ted Talk, muy recomendado). En general, pocos peros al álbum; sólo recordar que Wittgenstein nos aconsejaba que "En el arte es difícil decir algo que sea tan hermoso como no decir nada"; cantarle al silencio, declamar en un momento de la canción en donde la voz pudo haber callado quizás fueron regates de más.

Película: Coco (Lee Unkrich y Adrián Molina, 2017)
¡Porque sí! ¡Porque los clichés no están para ser evadidos irracionalmente! ¡Porque, como dijo Octavio Paz "Para oírnos a nosotros mismos debemos, antes, oír las voces de la tradición"! Puedo entender la queja de mis amigos mexicanos, porque siendo una película de tan alta factura y promoción, sean los clichés los que sobresalgan. Pero les pediría que le dieran una segunda oportunidad. ¿No tienen los clichés una raíz de verdad, y en el caso de Coco no tienen estos una raíz en la tradición? Coco narra la historia de Miguel, un niño al que se le tiene prohibida la música por una de esos dogmas familiares que van pasando de generación en generación. Pero Miguel quiere revelarse. Y es a través de un viaje hacia su pasado --hacia su tradición, hacia la compresión de esta-- que Miguel logra evadir el dogma. Una historia que se cuenta en un mundo que si bien no es tan vasto como el dibujado en Monsters Inc., tampoco le llega lejos. No conmoviera tanto y a tantos, digo yo, si no tocara las cuerdas que genera esa música que sobrevive persistentemente a las generaciones.

El silencio, la simpleza y lo constante: Leo estas palabras y pienso que las podría usar como mantra para el año que comienza. El silencio, la simpleza y lo constante, como una terna que bien podría ayudarme a encarar el punto que es cada día y que construye la línea que es el tiempo y que termina siendo círculo cuando recordamos y hacemos estos ejercicios circulares para tratar de unir inicio con fin una y otra vez, cada fin de año.

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Luis: ¿Quién eres?
Luis: Luis
Luis: ¡Mentira! ¡Impostor! ¡Luis no escribe aquí! Este es un lugar para imaginar lo que Luis pudo haber escrito pero que nunca escribió.
Luis: Ya deja la intensidad y ábrete una cerveza.
Luis: ...
Luis: ¡A mí no me vas a dar esa asquerosidad de cerveza! Una IPA, por favor.
Luis: ¡Viste! ¡No eres Luis!

jueves, 22 de agosto de 2013

...y la bondad


"Todos tenemos dentro el cielo y el infierno"
Oscar Wilde

Este post es continuación de este otro.

Con las personas buenas, con la bondad que se expresa de la nada es, en mi opinión, básicamente lo mismo. No existe, que sea de mi conocimiento, ningún condicionante inherente al ser humano para ser bueno. De hecho, como muy bien lo hace notar la película Crash (Paul Haggis, 2004), personas malas también son capaces de realizar actos bondadosos. En el post anterior traté de ejemplificar exactamente lo contrario: como una persona en apariencia normal (quizás buena), puede ser capaz de realizar actos atroces en las narices de sus vecinos.

En ese caso, algún samaritano (que todavía no me queda claro quién fue, si el negrito gracioso o el latino) pateó la puerta de la casa de Castro para poder liberar a Amanda Berry. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué arriesgar su vida, como el latino mismo afirma, para salvar a una desconocida?

Poco tiempo después de lo sucedido en Cleveland, un tornado barrió una buena parte de algunos vecindarios en Oklahoma. En la página de CNN en español podemos leer que “Luego de tragedias como la de esta semana en Oklahoma, surgen héroes y heroínas que se destacan por su valentía en momentos tan difíciles como estos.” Al parecer la maestra Michelle González cubrió con su cuerpo a tres niños mientras se les derrumbaba el techo encima, y como ese se vieron varios casos. La maestra misma afirmaría: “Lo que yo hice es lo que cualquier otra persona con corazón haría” y tiene razón. Sólo que “cualquier otra persona” también puede hacer otras cosas atroces, monstruosas.

Maite Larrauri lo expresa directa y hermosamente hablando de Camus: “Los dos (Camus y Weil) creen que la realidad debe atraparse con  pinzas de dos brazos, porque en ella se da lo que hay y lo que se desea que haya; lo que es material y pesado, y lo que impulsa hacia arriba por su ligereza y su entusiasmo; lo que nos hace ser violentos, ambiciosos y prepotentes y lo que nos lleva a poner freno a nuestras pasiones y seguir un modelo de concordia. Es como decir que hay dos formas de humanidad: una general, que se muestra en lo que hay de despreciable en los humanos; y otra escasa, pero deseable.” Y así somos en el mismo recipiente.
Pero no es mentira que la mayoría (la gran mayoría) somos criados bajo ciertas reglas de convivencia: no matar, no joder al otro, sobrevivir (casi casi como las tres leyes de la robótica de Asimov). Tampoco es mentira que esas reglas de convivencia, también en su mayoría, producen personas que viven una vida sin sobresaltos (la mayoría no somos asesinos o torturadores, y la mayoría no somos héroes conocidos o anónimos que hagamos cambios significativos en la sociedad). Posiblemente el mundo no arroja demasiadas oportunidades para ser lo uno o lo otro.

Lo demás que quisiera decir ya lo dije en el post anterior. Si no hay explicaciones para la maldad creo que tampoco hay explicaciones para la bondad.
Me siento tentado a pensar que en general somos más buenos que malos, aunque eventos puntuales me hagan cuestionar esa idea. Por ahora, mi única prueba es que el mundo sigue girando, mi vecino me sigue saludando, mi hija me sonríe, y aunque subiendo una piedra inútilmente a una colina para que vuelva a caer, todo está bien.

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-Y así habrá miles de ejemplos.
-De lo uno y de lo otro, sí. Pero me llama la atención el anonimato de los malos.
-Y de los buenos también, imagino yo, si luego escribes también acerca de ellos.
-Pues sí.
-Pues, ya está. A beber.
-Sí. A tentar el destino.
-¡Salud!

¡Timotan!

miércoles, 10 de abril de 2013

Acumulador


Me estoy convirtiendo en un acumulador de información. Entre el DVR, con el que grabo una serie que nunca veo y películas que tampoco veo; una aplicación llamada Pocket, en donde introduzco todos los artículos que no puedo leer durante el día para supuestamente leerlos cuando tenga tiempo; y un dispositivo móvil en el cual caben muchos .pdf y .epub, están haciendo de mí un perfecto wannabe. Por querer ser ese que está siempre enterado del último artículo de Fernando Mires, o haber visto el último capítulo de The Americans, o haber leído todos los clásicos, mis referencias y conocimiento acerca de varios temas se limitan al encabezado, a los momentos importantes de los comerciales y en el caso de los libros a simplemente saber que existen. Pero eso sí, siempre tengo la información a la mano para poder, aunque sea, decir que luego lo leeré o lo veré.

Creo que todo comenzó con el correo electrónico. A lo largo de mi vida post correo electrónico (pertenezco a la generación que creció con carritos Fisher Price y que ahora ve cómo los niños aprenden primero a manipular el iPad que la plastilina), el surfeo diario y necesario sobre el tsunami de Internet te carga tu bandeja de entrada con demasiada y diversa información. Al principio es cuestión de cientos de correos electrónicos guardados para ser revisados después, pero es que ahora son miles. Decenas de miles. Pero los correos ya no me importan (antes sí). ¿Será que me pasará lo mismo con Pocket, con el DVR y con los .pdf y los .epub?

Tiempo. Todo se reduce al insuficiente tiempo. No tengo tiempo de ver todas las películas que quiero ver, ni de leer todos los artículos o libros que quiero leer. Se pregunta Calvino hacia 1981 “¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso en la actualidad?” en ¿Por qué leer los clásicos? ¡Ya para esa época la información era abrumadora! En todo caso, yo no pido disponibilidad para leer a Tolstoi o a Dickens (para lo que quizás necesitaría un año o dos por libro), yo quiero simplemente leer una crónica de Jon Lee Anderson o ver el último capítulo de Breaking Bad. Pero no tengo tiempo.


Y que no tenga tiempo, creo, se debe a dos razones: una interna e individual y otra externa y global.

La primera es mi falta total de organización. Jamás he podido ser de las personas con un horario de lunes a viernes más allá del que me obligua el trabajo.

La segunda, la externa y global se debe a la ingente cantidad de información que tenemos hoy disponible. 

Estoy suscrito a, por lo menos, 50 canales de YouTube, mi Google Reader (que por cierto desaparecerá) se alimenta de, por lo menos 200 páginas distintas (muchas se actualizan varias veces al día), Hollywood saca entre 400 y 800 películas al año, más todas las que ya ha sacado, y veo consecuentemente unas 6 series de televisión. No existe forma de mantenerme al tanto de absolutamente toda la información que quiero consumir. Eso me hace tener una neurosis tremenda de información.

“La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia delante o hacia atrás (…). Así pues, el máximo 'rendimiento' de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad”. Y aunque el tema aquí no sea la lectura de los clásicos específicamente, creo que no peco si extiendo lo que dice Calvino: el máximo rendimiento del consumo general lo obtiene quien sabe dosificar sabiamente la información que mortifica.

No hallo una respuesta, y la busco. Creo que es algo bueno que Google acabe con su Reader, creo que habría que subir la dosis de un medio en plena edad de oro como la TV, bajarle un poco a las películas sin olvidar los clásicos, y leer, leer y leer. Si el tiempo se opone lo que habría que hallar entonces sería la forma de luchar contra él.

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Luis: Nuestros nombres desaparecieron antes.
Luis: Demasiado poético hasta para ti.
Luis: No es poesía, en serio no tenemos nombres dos posts atrás.
Luis: Eso es porque “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”
Luis: Habría que restringir el uso de esa frase.
Luis: Habría que restringir el uso de Pablo Neruda.
Luis: Bueno, ya, salud.
Luis: ¡Salud!

¡بدرود!

lunes, 8 de abril de 2013

Siempre hay un escritor que te puede contradecir


Así. Siempre puede haber un Méndez Guédez, por ejemplo, que puede hacer tambalear lo que creías verdadero. Dice el escritor acerca de la ficción lo siguiente: 

"La ficción se sostiene sobre la idea remota de la eternidad. Frente al tiempo que se mueve incesante, la ficción extrae un trozo de vida y al colocarlo en la circularidad de esa historia que concluye y vuelve a reiniciarse cada vez que alguien la contempla, la lee, la mira o la escucha, se configura un tiempo paralelo donde nada envejece, nada se destruye."

Porque en plural es cierto. Entre persona y persona los personajes vuelven a estar ahí como nuevos. Y aún entre tiempo y tiempo: "también ellos (los libros) cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado" nos recuerda Calvino.

Pero yo terqueo. Para mí, para uno, los personajes mueren al finalizar la ficción. Aunque siempre puedas volver a ellos con vida renovada o visión madurada, el recuerdo de sus finales hará que los leas como quien recuerda viejos momentos que no pueden volver por pertenecer al pasado.





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Luis: ¿Qué? ¿Te atreves así, a lo mero macho contradecir a Méndez Guédez y no contento, también a Ítalo Calvino?
Luis: Ellos fueron los que me contradijeron a mí.
Luis: Ellos no te citaron.
Luis: Todavía.
Luis: Salud por eso.
Luis: Y por lo otro.

¡Namare!

martes, 2 de abril de 2013

¿Por qué lloré con The End?


"50s television, I think... made me feel good."
David Lynch


Todo comenzó por el final. El final de Lost. No más la voz grave diciéndome “Previously, on Lost” y la consecuente adrenalina y curiosidad. No más Jacks, Hugos, Freckles, Sawyers, Lockes, ni qué decir que adiós Jacobs y el maldito humo negro. Lo malo no fue sólo el capítulo (que, madre de Dios, qué capítulo tan malo), sino que terminé llorando como cuando murió mi primera mascota.
Era 2010 y el capítulo lo vi algún tiempo después de que la
ABC lo transmitiera. Pasaba un tiempo en Venezuela y me quedaba con mi buen amigo Luis. Discutimos de todo, incluyendo Lost. Salí de mi habitación para mostrarle mis lagrimones (él sabía que lo estaba viendo) y casi me golpea. En ese momento no le supe explicar mis lágrimas; sólo el tiempo me dio el desapego necesario para más o menos entender por qué mi sensiblería.

Comencé a ver Lost mucho tiempo después de su estreno en EE.UU. Vivía en Salamanca; estudiaba un máster en Guión de Ficción para Cine y TV para el que obviamente no estaba preparado. Yo tan cine indie y ellos tan interesados en lo que realmente vale la pena. Siempre me hablaban de las series y yo respondía a lo Ricky Martin: “no, es que la TV no me gusta mucho, yo soy más de cine”. Para luego salir a hablar de David Cronenberg o Michel Gondry y enterarme de que ellos eran más de cine que yo también y por cada referencia mía ellos tenían cinco. Con el tiempo, estos compañeros se convirtieron en amigos entrañables, con los que todavía mantengo contacto.

La cosa es que todos hablaban tan bien de la serie, que todos hablaban tanto de la serie y yo me tenía que callar o intentar cambiar de tema, y que ya necesitaba ver series para hacer mis trabajos, que al fin comencé a ver Lost. En cuestión de semana y media ya había engullido las tres temporadas de 22 capítulos c/u, que habían transmitido hasta el momento (¡una noche con un cacho de mañana vi 13 capítulos! No fue fácil que me prestaran los deuvedés en la facultad, siempre los tenía alguien más). Claro que quedé prendado -dejemos la trascendencia de Lost para otro artículo- y pensé que esto de la TV tiene futuro.

Al terminar el máster, me mudé a Madrid (regresarme a Venezuela no era una posibilidad, toda vez que mi familia inmediata ya no vivía allí), y en la capital española comencé mi prometedora, aunque corta, carrera de empresario a fuerza de vender de puerta en puerta. Era mediado de 2008 y la súper crisis económica mundial que echó por tierra todo lo que conocíamos y que de casualidad no hace que termináramos como en Marte, asomaba sus cuernos. No había empleo, botaban a los que tenían uno y todo aumentaba de precio.

Mi trabajo consistía en que me “motivaran” para salir a vender alarmas fuera cual fuera la condición atmosférica. La lavada de cerebro era atroz, sin ningún tipo de vergüenza: “en un par de meses comenzarás a ganar 1000 euros semanales” decían  “para el quinto año tendrás 10 o 20 oficinas con 20 gilipollas como tú haciendo lo que tú haces, ganando dinero para ti, mientras tú te vas, como yo, a pasar las vacaciones a los Alpes suizos” decían.

No puedes ser un licenciado en letras medianamente serio, si te crees estas tonterías. Pero qué demonios: Kafka trabajó en una compañía de seguros, Rimbaud fue traficante de armas y Charlie Kaufman atendía quejas telefónicas. Eso y que la necesidad te desinhibe. Todo esto viene a cuento, porque después de pasar día sí y día también escuchando idioteces de un pseudo gerente sediento de dinero, tragándome todo el mal humor de mucha gente (y la bondad de muchas otras ofreciéndome comida, cerveza o un paraguas), y pasando frío o calor, después de todo eso, llegaba a mi casa a ver series. Entre ellas, a medida que la transmitían, Lost.
Así pasé un año completo, hasta que ya no existía absolutamente nadie en Madrid que quisiera comprar una alarma, y así fue como decidí que hasta allí llegaba mi carrera como empresario. Mi familia, que vivía en Dallas me recibió.

En EE.UU., como turista, no podía trabajar legalmente, así que mientras inventaba cómo ganar dinero, también seguía viendo series. A Lost se le habían agregado House, MD (mi favorita), Six feet under, How I met your mother, My name is Earl, The Big Bang theory, Two and a half men, y en menor medida Mad Men, Supernatural o Heroes. No es una gran lista (de la que algunas se han bajado y otras se han montado), pero es mi lista.

Ya montados en 2010, comenzando marzo, me llaman desde Venezuela para un trabajo de un par de meses en donde recorrería buena parte de Latinoamérica: fueron 13 localidades en 8 países, recorridas en un intensísimo mes. Al final todo se alargó hasta finales de septiembre, que fue, aproximadamente cuando vi el capítulo final de Lost.

Recapitulemos: comencé a verla siendo un estudiante en Salamanca en 2007, la continué viendo mientras fui vendedor de puerta a puerta en Madrid entre 2008 y 2009, luego, un mantenido por mis padres en Dallas en 2009, hasta que la terminé en Venezuela trabajando, al fin de escritor hacia finales de 2010. ¿¡Cómo no iba a llorar con el final!?

No es que haya descubierto el sentido último de la vida al darme cuenta de que las 8 temporadas fueron un gran “Bruce Willis siempre ha estado muerto” kinda-thing. Tampoco fue que me dio mucho sentimiento que J.J. Abrams haya mantenido pegado a la pantalla a millones de espectadores sin ningún sentido ulterior. Menos que menos tener la certeza de que la TV le ganó la partida al cine, y Lost fue la prueba más rotunda (hoy peleando con The Walking Dead y Breaking Bad, si me preguntan a mí). Fue simplemente que los personajes, mis amigos, mi familia, yo mismo, ya no estaríamos siendo transmitidos semanalmente ¡Por eso lloré!

Desde que comencé a ver la serie, fui identificándome con los personajes, fui comparándolos con otros amigos, familiares y conocidos, sus arcos de transformación se parecían a cambios reales que había visto o vivido. Jack, como yo, pasó de ser un escéptico a ser un creyente. Hugo y Claire me recordaban a una pareja de amigos porque ellos eran gorditos y ellas muy lindas. Locke era como mi abuelo. El principio de identificación que debe regir toda pieza audiovisual que cuente una historia funcionaba a la perfección en Lost. Pero una cosa es identificarse en el efímero mundo del cine, que dura entre 90 y 180 minutos y otra muy distinta es saber que semana tras semana verás de nuevo a los personajes con los que te identificas y reconoces en todas partes. Lloré porque los amigos que tuve durante los tres años que duré viendo la serie murieron y no los vería más. El capítulo final sólo era esa afirmación, su contenido era completamente irrelevante.

La parte positiva es que la televisión vive un buen momento y todas las musas acompañan a sus guionistas. Hace 9 años parecía que Friends acababa con los sitcoms y salió The Office, Chicago Hope parecía el último drama de hora completa y después de eso no podía haber más dramas (y menos médicos) pero salieron House MD o Grace Anatomy. Hace 3 años parecía que las buenas series se acababan con Lost, pero salieron Breaking Bad y The Walking Dead. La televisión sigue reinventándose y nos sigue ofreciendo entretenimiento que el cine actual sólo aspira ofrecer, salvo contadas excepciones. En este sentido las series se parecen a las mascotas, unas se van y serán irreemplazables, pero otras vienen y también son especiales.

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-"Nosotros los de entonces  ya no somos los mismos"
-"Lo único constante es el cambio"
-"Tú joven y yo viejo, pero podemos seguir siendo amigos"
-"Brindo por las mujeres que derrochan simpatía"
-"¡Salud!"

¡Mirupafshim!

martes, 8 de marzo de 2011

¿Por qué creen que quebraron Blockbuster y Borders?

Bueno, es una breve aproximación a lo que pienso que ocurrió con la quiebra de estas dos grandes compañías, la verdad es que me dio mucha curiosidad. Además me interesa saber por qué estos grandes sabedores de todo que son los CEO de las grandes empresas, no se dieron cuenta de que si no se actualizaban, pues, básicamente ocurriría algo muy malo (para no decir una palabrota).

Por otra parte, me pongo a pensar, y ¿cuánta gente se habrá quedado sin su trabajo por la mala planificación de estas empresas y cuán a menudo ocurrirá?

En fin, es un artículo más informativo que otra cosa. Échenle un vistazo.


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-Ahora publicas aquí, allá, por acullá...
-Bueno, más o menos.
-Aaahhhmmmmmm... ¿Y no te enredas?
-Es mi primer artículo para Suite101, no tengo chance de enredarme todavía.
-Aaaahhhhmmmmm... ¿Qué bebemos?
-Pueees... ¿Birra?
-Va.

¡Hej, hej!

domingo, 22 de febrero de 2009

¡Al fin!

“Si damos crédito a Homero, Sísifo

era el más sabio y más prudente de

los mortales. No obstante, según otra

tradición propendía al oficio de

bandido. No veo contradicción en ello.”

A. Camus

Queda claro que mi libro único para llevar la investigación que intento seguir y seguir adelantando de House es el Mito de Sísifo, de Albert Camus. Hay dos razones para que sea el único: mi modesta cantidad de libros leídos y que pareciera, ya lo he dicho, que David Shore hace los guiones con este libro abierto.

Recordemos, por no dejar, que aunque House sea una persona sola, con un solo amigo, sin un amor por el cual luchar, o sea, que le duele la vida, un dolor somatizado en su pierna, un dolor eterno; aunque todo esto lo aqueje, una y otra vez se exige al extremo para salvar vidas. Para House, ya lo he dicho, “todo está bien”. Nunca ha intentado suicidarse, esto es importante. Acepta su día a día.

“Aquí se ve hasta qué punto la experiencia absurda se aleja del suicidio. Cabría creer que el suicidio sigue a la rebelión. Pero es un error. Porque no representa su desenlace lógico. Es exactamente su contrario, por el consentimiento que supone. El suicidio, como el salto, es la aceptación en su límite. Todo se ha consumado, el hombre vuelve a entrar en su historia esencial. Discierne su futuro, su único y terrible futuro, y se precipita a él. A su manera el suicidio resuelve lo absurdo. Lo arrastra a la misma muerte. Pero yo sé que, para mantenerse, lo absurdo no puede resolverse. Escapa al suicidio, en la medida en que es al mismo tiempo conciencia de la muerte y su rechazo.”

Una de las cuestiones que intenta hacerme desistir de la investigación es saber que todas las series (y hasta las películas, pero más aun las series por su naturaleza) necesitan personajes un tanto absurdos, o sea, que no puedan lograr su cometido. Esta es una razón básica. Pero en House hay demasiadas coincidencias: ¿quién más conciente de la muerte que un descreído y “misántropo” doctor? ¿por qué la rechaza como forma de acabar con sus dolores? Podría al menos haberlo intentado, creo que cualquiera de sus televidentes hubiéramos podido imaginar algún capítulo donde intentara infructuosamente de hacerlo.

Para que Gregory House sea lo que Camus llamaba un hombre absurdo era necesario advertir el desligue, la separación entre ver a un paciente como un rompecabezas y la consecuencia última y altruista de su virtuosismo: salvar una vida.

¡Al  fin lo verbalizaron! Y no podía venir de un personaje más propicio: un cura que perdió la fe.

House: Entonces, si llego a curarlo ¿qué pasa entonces? ¿comenzará a pensar que Dios estaba obrando a través de mí? ¿que esto fue una especie de milagro?

Cura: ¿cree que soy idiota?

House: eso es lo que estoy probando.

Cura: perder la fe no fue elección mía. Pasó. Se fue para siempre.

House: pero si puede desaparecer mágicamente, puede reaparecer mágicamente... y eso es lo que espera. Su trabajo...

Cura: ...apesta

House: ese es mi punto. Puede ganar más dinero preparando malteadas descafeinadas, pero sigue pastoreando a los dóciles ¿Por qué hacer el trabajo del Señor si el Señor se ha ido?

Cura: estuve toda mi vida adulta en la iglesia. Es mi única cualidad.

House: detecto el hedor de los restos de la fe.

Cura: ¿quieres hablar de hipocresía? ¿qué hay de la suya? Actúa como si no le importara nadie; pero aquí está, salvando vidas.

House: resolviendo rompecabezas. Salvar vidas es sólo un daño colateral.

Cura: sí... buen intento. No creo que esté buscando a alguien para probar que tiene razón. Creo que busca a alguien para probar que se equivoca, para darle esperanza ¿Quiere creer, verdad?

House: Sí, quisiera salir y verme en un bosque de árboles de putas, pero no creo que sea buena idea decirle a la gente que vaya a fornicar con la fruta.

House se levanta y se va ante la mirada silenciosa de sus subordinados que han estado oyendo, atónitos, toda la conversación ¡Al fin lo verbalizaron! Cabe destacar que al final del capítulo pareciera que el cura renueva su fe, que House vuelve a estar imposibilitado de verse acompañado, en un acto social y en su casa, mientras se toma un whisky, piensa y piensa tocando el piano.

Si House odia, no cree que odia. Si no odia, no cree que no odia.1 Recordemos, para volver a no dejar, que House detesta las citas de rutina, detesta el trato con la gente, se toma un Vicodin cada vez que alguien hace una estupidez, o aparece alguien que no quiere ver. Y luego va y salva una vida que nadie más pudo salvar (la mayoría de los casos de House son personas que han pasado por miles de instituciones y ningún otro doctor le pudo dar respuesta).

“Se habrá comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio por los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida le valieron ese suplicio indecible en el cual todo el ser se dedica a no rematar nada.”

Pero él, House, está conciente. Por eso sigue yendo todos los días al Plainsboro’s Hospital. Lo que no le gusta es que lo estén diseccionando delante de sus inteligentes, pero inocentes subordinados. De no estar conciente ¿para qué llevar una vida con un dolor físico y espiritual eternos y sin esperanza de mejora? Pero jamás ha intentado suicidarse. Además, se hace muy difícil imaginar a un House que no esté en pleno conocimiento de lo que le ocurre.

Estos son los capítulos que todavía me hacen confiar en House MD. Los diálogos siempre son muy inteligentes, sin embargo no siempre tienen que ver con esto. Shore lanza estos capítulos graneados y los últimos de cada temporada siempre llevan su buena carga camusiana. Ahora queda esperar cuánto tiempo más podrá aguantar Shore este personaje, esta serie, que por la ausencia de una trama horizontal, los capítulos autoconclusivos ya casi aburren y no se perfilan cambios ni inteligentes ni importantes. A ver si ya para la sexta temporada nos sorprenden un poco más.

1) La cita real es la siguiente y pertenece al libro Los demonios de Dostoyevski: "Si Stavroguin cree, no cree que cree. Si no cree, no cree que no cree."

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-Así está un pelo más convincente... pero sigo creyendo que es más Sherlock House que El Mito de House.

-Hay dos tipos de problemas: los míos y los que no son míos...

-Este es tuyo, yo soy tu problema y todo lo que yo pienso es tu problema.

-Solo en la medida en que yo quiera hacerlos concientes. Mientras me invento diálogos para no hacerlos concientes y poder evadirlos.

-Y eso que estamos hablando de una idea un poco tonta... imagínate si fuera algo más profundo... como, digamos...

-Déjalo que esto es público... ¿más ron?

-Jajajajajaja, sí, ron ¡mucho ron!

¡Ha det bra!

jueves, 27 de noviembre de 2008

Anotaciones

Vivo a dieciocho estaciones de metro de donde trabajo. Si trabajas en algo que, no nada más no tiene absolutamente nada que ver con lo que estudiaste (letras) seis años, sino que aborreces por principios, eso (las dieciocho estaciones) es excelente.

Además, el metro de Madrid se presta para leer por dos cosas: una porque de diez personas, al menos cuatro están leyendo un libro y una o dos un periódico y eso hace que te den ganas de leer (factor oveja) y dos porque así esté totalmente lleno tienes espacio para leer (todo igual que el metro de Caracas).

He leído varias cosas, predominantemente la revista Letras Libres, pero también en el metro terminé los Karamazov, leí Nieve, Bajo las ruedas, Los Reyes e Historia Universal de la Infamia. Eso es bastante para mí que me distraigo demasiado cuando leo un libro.

De todo eso (creo, quizá haya hecho alguna excepción sin mala intención) he sacado algunas frases que viajaron de mi celular a la computadora y ahora al blog. Aquí se las copio, espero que les guste.

“Saber una cosa no es como escucharla. Sabes sin palabras, la cosa misma adherida al corazón, nos abriga de su imagen como un escudo.” Ariana en Los Reyes. Julio Cortázar.

“Para Alejandro, el banquete comenzaba debatiendo el precio del pescado y sólo terminaba cuando la conversación se hacía cenizas y se apagaban las colillas del tabaco, tras el desfile de palabras en las pasarelas de humo.” Eduardo Vazquez, Letras Libres.

“Yo tuve un profesor que me caía muy bien y que aseguraba que la tarea de la buena escritura era la de darles calma a los perturbados y perturbar a los que están calmados.” David Foster Wallace, LL

“Vivimos –dice Robert Smithson- en estructuras, y estamos rodeados de marcos de referencia, pero la Naturaleza los desmantela y los devuelve a un estado en el que ya no tienen integridad.”Arquitecto y fotógrafo. LL

“Estoy más actualizado de lo que crees. Soy joven. Tengo blog.” Alberto Fuguet, LL.

“Finalmente (…) Echeverría incurre en el más común de los errores y es el de anteponer el amor al odio cuando lo contrario del amor es… ¡el aburrimiento!, o sea Tánatos.” Héctor Subirats, LL.

“No hay que vivir la vida por los principios sino para ser feliz.” Ka, en Nieve. Orhan Pamuk.

“No era la felicidad lo que buscaba, lo comprendí muy bien después de la tercera copa de raki, incluso se podía decir que prefería la desdicha. Lo importante era esa unidad sin esperanzas, formas un centro de dos personas y que el mundo entero quedara aparte. Y sentía que podría conseguirlo haciendo el amor sin parar con Ipek a lo largo de meses.” Ka en Nieve. OP.

“Incluso los ateos que han sufrido aunque solo sea un poco acaban por no soportar mucho la falta de fe y al final vuelven a creer.” Nieve. OP.

“No puedo creer en Dios porque estoy sólo y no puedo librarme de mi soledad porque no creo en Dios.” Ka en Nieve. OP.

“A Ka le gustaba poner fin a los momentos de felicidad con el ansia de que la infelicidad posterior no fuera demasiado grave.” Nieve. OP.

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-Ya tienes Internet ¿ahora cuál es tu excusa?
-¿Tener Internet robado es tener Internet?
-No vengas con tecnicismos, Luis.
-Vale, comenzaré, tienes razón.
-Brindemos entonces por eso.
-¿Tequila?
-¡Pa diciembre, coño!
-Salud, pues...

¡Aberdulreian!

martes, 4 de noviembre de 2008

Otro...


Pues... que me publicaron otro. He escrito tres, y como no publiquen el segundo en poco tiempo lo subiré por aquí. Este ya lo publicaron, así que lo pego pa que lo lean sin que tengan que irse al link, que igual está bien que vayan a la página pa que la conozcan.

Sigo sin internet, así que no puedo escribir mucho... aunque si tuviera, posiblemente tampoco tendría tiempo de escribir mucho.

De Camino
Luego de ver una peli mala los adjetivos sobran: predecible, somnífera, catastrófica, aburrida, etc., pero no pasa lo mismo luego de ver una buena. La razón que se me ocurre ahora mismo es que es difícil dar con el adjetivo correcto y que acapare el sentimiento que deja una película cuando está bien hecha.

La Big Fish española. Pero no me malinterpreten; guardemos todas las distancias. Aunque Camino (Javier Fasser, 2008) sea una gran deudora de la anterior, no pretendo insinuar que no tenga una firma y un sello totalmente único y original.

El camino a la muerte es un tema vasto que se puede exprimir tanto como se quiera (y se pueda). En este caso en particular se tocó desde el punto de vista de una niña, en consecuencia la inocencia y la fantasía juegan un papel importantísimo, sin dejar a un lado el drama y la realidad.

Como Big Fish, Camino habla de este tema, donde la realidad se muda de un hijo que descubre poco a poco a su padre moribundo, a una familia española de clase media perteneciente al Opus Dei, que se debate entre la fe más recalcitrante y el amor natural filial; y la fantasía de una road movie de aventuras a una consecución de sueños que le darán un sentido definitivo a la muerte de Camino (Nerea Camacho).

Sin pretensiones rebuscadas, Camino (una película de guión), nos cuenta sin apuros pero sin pausas, la degradación de una hermosa preadolescente enamorada que padece un tipo extraño de cáncer, con una madre que antepone su religión a cualquier (¡cualquier!) cosa y un padre entregado y bueno que sólo ve por los ojos de su segunda hija.

Como ya se habrán dado cuenta, la influencia de la religión en la película es determinante. Físicamente los antagonistas se presentan en los personajes de Gloria (Carme Elías) una madre dominante y dispuesta a cualquier cosa por respetar la Prelatura y un par de curas fanáticos y políticos que no ven en la muerte de la niña una vida que se acaba, sino una posibilidad de propaganda. Pero en otro nivel el fanatismo religioso hace de antagonista, que no la fe; Camino jamás la perderá, y encontrará en esa fe al primer amor (amor a Jesús… un niño del teatro al que ella quiso pertenecer; juego de nombres, por cierto, que dará pie a la confusión fundamental de la película), las fuerzas para contrarrestar la sombra de su opresión religiosa.

Por su cuidado tratamiento, el cura más joven no tendrá un castigo visible (hombre, si me lo preguntan a mí con su celibato basta), pero sí Gloria. Su hija mayor es entregada para ser numeraria de la Prelatura y José (Mariano Venancio) muere intentando hacer feliz a su hija en un accidente de coche. La “sacrificada” madre estará condenada a vivir sola lo que le resta de vida.

Intento evadir la polémica que pueda generar la película en cuanto a si la niña real, Alexia González-Barros, en la que Fesser se inspira para crear (valga la palabra) a su protagonista, merece o no ser canonizada. Para efectos de la obra ese pleito no interesa.

No quisiera cerrar sin hacer mención especial a las actuaciones principales: Nerea Camacho, Carme Elías y Mariano Venancio lo hacen de envidia. Siempre me ha parecido que cuando les damos adjetivos a los personajes y no a los actores, es cuando estamos en presencia de una buena actuación. Así me ocurrió con los personajes de Fesser.

Camino no deja de tener un misticismo, una fe, que obviamente no son los canónicos. Una fe donde la muerte es reencuentro, felicidad y fantasía, y donde mucho de Dios está en el amor sin mácula.

Una película muy recomendable para todos, que en su sencillez y frescura no tiene nada que envidiarle a ninguna otra que se adentre en el tema. Recomendación: no se olviden de los clínex.


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-No lo aguanto... no puedo... es como si King Kong me tuviera la boca tapada.
-Ya... pueeees...
-"Ya... pueeees... ya... pueeeees..." -dice Luis en tono de burla- Deja tu mariquera y ¡ES-CRI-BE!
-Gracias por el ron, te dedicaré una entrada... aunque más que el ron, que se consigue aquí ¡el nestea fue un puntazo!
-Luis, deja de decir estupideces... pero sí, sabía que iba a ser un puntazo -y me picó el ojo, el cabrón-
-Vale... ¿sacas el tequila?
-¡Que no, coño!
-Vale... birras...

¡再见!

sábado, 16 de agosto de 2008

De los Karmázov (IV y última)

Pues, hasta que llegamos a la última. Dejan a un lado la discusión, pero adentran un poco en el espíritu del pobre (todo adolescente merece ese adjetivo) Kolia.

Y así me pasa un poco a mí; entre las ansias de saber y las de querer abrazarlo todo, juzgarlo y entenderlo. Ce n'est pas possible...

"‑¡Es verdad! ‑exclamó Kolia echándose a reír‑. ¡La pura verdad! ¡Bravo por el alemán! Sin embargo, ese cabeza cuadrada no se ha detenido a observar el lado favorable de nuestra conducta. ¿No lo ves tú así? Admito nuestra presunción, ya que es propia de la juventud. Pero esto se corrige, si verdaderamente hay que corregirlo. En compensación, ahí está el espíritu de independencia desde la más tierna infancia, la audacia de las ideas y las convicciones en vez del servilismo rastrero ante la autoridad de toda índole. No cabe duda de que el alemán ha dicho la verdad. ¡Bravo por el alemán! Sin embargo, hay que apretar los tornillos a los alemanes. Aunque sean unos sabios en las cuestiones científicas, hay que apretarles los tornillos.
‑¿Por qué? ‑preguntó Aliocha con una sonrisa.
‑Admito que soy un osado, una especie de enfant terrible, que no me detengo ante nada cuando una cosa me gusta y que digo las mayores tonterías... Pero, oye: estamos charlando desde hace un buen rato y ese doctor no termina su visita. A lo mejor, está reconociendo también a «mamá» y a Nina. Te confieso que Nina me ha encantado. Cuando he pasado junto a ella al salir de la habitación, me ha susurrado en un tono de reproche: «¿Por qué no has venido antes?» Me ha parecido que esa chica es toda bondad.
‑Desde luego, tiene un gran corazón. Como desde ahora vendrás con frecuencia, ya la conocerás a fondo. Necesitas conocer personas así para aprender muchas cosas que sólo su compañía te puede enseñar.
Y Aliocha añadió calurosamente:
‑No hay medio mejor para que te transformes.
‑¡Qué arrepentido estoy de no haber venido antes! ‑exclamó Kolia amargamente.
‑Sí, ha sido un error. Ya has visto la alegría que le has dado al pobre Iliucha. No puedes imaginarte cómo lo consumía el deseo de que vinieras.
‑Calla: no aumentes mi pena... Pero lo tengo bien merecido. No he venido antes por culpa de mi orgullo, de mi egoísmo, de un bajo despotismo que nunca he podido acallar, pese a mi empeño en dominarlo. Ahora me convenzo de que soy un miserable en muchos aspectos.
‑Nada de eso; posees excelentes prendas, pero las disfrazas ‑dijo Aliocha con calurosa franqueza‑. Comprendo que hayas influido tan profundamente en ese muchacho de noble corazón y sensibilidad enfermiza.
‑No esperaba oírte decir eso ‑declaró Kolia‑. Desde que he llegado aquí, he pensado más de una vez que me despreciabas. Si supieras lo mucho que me importa tu opinión...
‑¿Cómo es posible que seas tan desconfiado a tu edad? Hace un momento, viéndote y oyéndote hablar, me decía precisamente que debías de ser muy desconfiado.
‑Lo creo. ¡Eres tan sagaz! Sin duda, ha sido cuando estaba refiriendo lo del ganso. Entonces me he dicho que debías de despreciarme profundamente al notar que me esforzaba por aparecer como un desalmado. Entonces te he detestado y he empezado a discursear. Después, cuando ya estábamos aquí y he dicho que si Dios no existía habría que inventarlo, me ha parecido que mi exhibición de cultura ha sido demasiado precipitada, ya que he leído esta frase en alguna parte. Pero te aseguro que no me ha impulsado la vanidad; lo he hecho no sé por qué, dejándome llevar de mi alegría... Sí, creo que mi alegría ha sido la culpable de todo. Claro que no es correcto molestar a las personas porque uno esté contento; esto ya lo sé. Pero también sé, y esto es una compensación para mí, que no me desprecias, que mis temores han sido falsos. ¡Oh, Karamazov! Soy profundamente desgraciado. A veces me imagino, sabe Dios por qué, que todo el mundo se burla de mi, y entonces me siento impulsado a trastornarlo todo.
‑Y atormentas a los que te rodean ‑dijo Aliocha sin dejar de sonreír.
‑Cierto, y sobre todo a mi madre. ¿Verdad, Karamazov, que te parezco ridículo?
‑¡Eso ni pensarlo! ‑exclamó Aliocha‑. Además, ¿qué es el ridículo? Nadie sabe cuándo un hombre es ridículo o lo parece. Además, actualmente casi todas las personas capacitadas temen demasiado al ridículo, y este temor las hace desgraciadas. Pero me asombra que tú padezcas de este mal que observo desde hace mucho tiempo sobre todo en los adolescentes. Es una especie de locura. El diablo se ha transformado en amor propio para apoderarse de la generación actual. Sí, el diablo ‑repitió Aliocha sin ironía, aunque Kolia, que lo miraba fijamente, creyó lo contrario‑. Tú eres como todos, mejor dicho, como la mayoría. Y no hay que ser como todos.
‑Pero si todos son así...
‑Aunque todos sean así, tú debes procurar no ser como ellos. Bien mirado, tú no eres como todos, ya que no has vacilado en confesar un defecto, incluso un defecto ridículo. ¿Quién es hoy capaz de eso? Nadie, porque nadie siente la necesidad de condenarse a sí mismo. No seas como nosotros, aunque te quedes solo.
‑Así lo haré... Te juzgué certeramente: sabes consolar. ¡Si supieras hasta qué punto me sentía atraído hacia ti, Karamazov! Hacía mucho tiempo que deseaba conocerte. ¿De veras deseabas también tú conocerme a mí? Hace un momento lo has dicho.
‑Sí, oía hablar de ti y pensaba en ti... Y si es el amor propio el que te ha llevado a hacer esa pregunta, no importa.
‑¿No has observado, Karamazov, que estas explicaciones parecen una declaración de amor? ‑preguntó Kolia en voz baja y como avergonzado‑. ¿No es esto ridículo?
‑De ningún modo ‑repuso Aliocha firmemente y con una radiante sonrisa‑. Y aunque fuera ridículo no importaría, puesto que estamos obrando bien.
‑Reconoce, Karamazov, que también tú estás un poco avergonzado. Lo veo en tus ojos.
Kolia sonreía, ladino y feliz.
‑No sé por qué he de avergonzarme ‑dijo Aliocha.
‑Sin embargo, has enrojecido.
‑¡Porque tú me has hecho enrojecer! ‑exclamó Aliocha riendo y, en efecto, sonrojado. Un tanto aturdido, añadió‑: En verdad, estoy un poco avergonzado, pero no sé por qué...
‑En este momento te aprecio y te quiero mucho más ‑exclamó Kolia con vehemencia‑, precisamente porque te sonrojas como yo, porque eres como yo.
Sus mejillas echaban fuego; sus ojos centelleaban.
‑Oye, Kolia ‑dijo de pronto Aliocha‑,vas a ser muy desgraciado en la vida.
‑Lo sé, lo sé ‑respondió Kolia en el acto‑. Todo lo adivinas.
‑Sin embargo, la vida, el conjunto de la vida, merecerá tu bendición.
‑¡De acuerdo! ¡Magnífico! ¡Eres un profeta! ¡Qué bien vamos a entendernos, Karamazov! ¿Sabes lo que más me gusta de ti? Que me trates como a un igual. Sin embargo, no somos iguales: tú eres superior a mí. Pero nos entenderemos. Hace un mes que me venía diciendo: «O nos haremos amigos en seguida y para siempre, o nos separaremos como enemigos para toda la vida.»
‑Pensabas así porque ya me querías.
‑Sí, sentía un gran afecto por ti, hasta soñaba contigo. Todo, todo lo adivinas... Mira, ya viene el doctor. Está diciendo algo al capitán. ¡Dios mío, qué cara pone!"


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-Ya...
-Ya ¿qué?
-Eso... las imágenes, vale, "Lobo estepario"
-¿Se supone que eso es cinismo?
-No, se supone que es lo que ves de ti... quizá cínicamente.
-No me jodas. Yo no me puedo ver a mí mismo cínicamente, todo sería una mentira disfrazada de verdad... o al revés e igual está mal, porque en todo caso yo no puedo ser literatura.
-Y sin embargo mientras alguien lee esto pudiera pensarlo.
-...
-...
-¿No es un poco terapéutico y sano para estos tiempos verse e intentar interpretarse a sí mismo?
-Terapéutico son las birras.
-Una mash...

¡Hosçakal!

jueves, 14 de agosto de 2008

De los Karamázov (III)

Pensé que con tres entradas me bastaría, pero me volví a equivocar. Así que aquí va la tercera y penúltima entrada de este tema. Más política, más adolescencia.

"‑No se puede ocultar la verdad. He tenido más de una ocasión para charlar con Rakitine. Y se dice que esta idea la ha expresado también el viejo Bielinski.
‑¿Bielinski? No lo recuerdo. Desde luego, no lo ha escrito en ninguna parte.
‑Tal vez no lo haya escrito, pero lo ha manifestado. Se lo he oído decir a... Bueno, eso no importa.
‑¿Has leído a Bielinski?
‑No, en verdad no lo he leído, ya que sólo conozco de él el pasaje en que comenta por qué Tatiana no parte con Onieguine.
‑¿Por qué no parte con Onieguine? ¿Acaso lo has comprendido?
‑Perdona, pero creo que me tomas por un chiquillo como Smurov ‑observó Kolia con una sonrisita que era una mueca de irritación‑. Además, no vayas a creer que soy un gran revolucionario. A veces no estoy de acuerdo con Rakitine. No soy partidario de la emancipación de la mujer. Reconozco que la mujer es una criatura inferior nacida para la obediencia. Les femmes tricotent, dijo Napoleón, y por lo menos en este punto ‑Kolia sonrió- comparto la opinión del seudo gran hombre. También considero que es una cobardía emigrar a América, y más que una cobardía: una estupidez. ¿Para qué irnos a América cuando podemos trabajar en nuestra casa por el bien de la humanidad? Sobre todo ahora, tenemos a nuestra disposición un amplio campo de fecunda actividad. Esto es lo que respondí.
‑¿Lo que respondiste? ¿A quién? ¿Es que alguien te ha propuesto ir a América?
‑Sí, me lo han propuesto, pero yo no he aceptado. Te lo digo confidencialmente, Karamazov. Ni una palabra a nadie, ¿entiendes? Sólo tú lo sabes. No tengo el menor deseo de caer en las garras de la Tercera Sección para aprender las lecciones que se dan en el puente de las Cadenas.

»Te acordarás del edificio
próximo al puente de las Cadenas.»

¿Te acuerdas? ¡Es magnífico! ¿De qué te ríes? Supongo que no creerás que estoy hablando en broma.
Y Kolia se estremeció al pensar: « ¡Si se enterase de que éste es el único número de La Campana que tengo y no he leído ningún otro ... !»
‑ ¡Oh, no, no me río! ‑repuso Aliocha‑. Y no puedo pensar que me hayas mentido, por la sencilla razón de que sé que lo que me has dicho es la pura verdad... Dime: ¿has leído «Eugenia Onieguine», el poema de Pushkin? Has hablado de Tatiana.
‑No, aún no lo he leído, pero quiero leerlo. No tengo prejuicios, Karamazov; lo miraré por las dos caras. ¿Por qué me lo preguntas?
‑Por nada.
Kolia se irguió ante Aliocha. Quería saber a qué atenerse.
‑Dime, Karamazov: ¿me desprecias? Te agradeceré que me hables con franqueza.
Aliocha lo miró estupefacto.
‑¿Despreciarte? ¿Por qué? No, no; me limito a lamentar que un chico que vale tanto como tú y que está en la aurora de la vida, se haya dejado descarriar, dando crédito a semejantes disparates.
‑Dejemos a un lado mi valía ‑replicó Kolia con cierta arrogancia‑. Soy suspicaz, estúpida y groseramente suspicaz. Hace un momento, me ha parecido que tu sonrisa...
‑¡Bah! He sonreído por otra cosa. Te voy a explicar el motivo. No hace mucho leí la opinión de un extranjero, de un alemán establecido en Rusia, sobre la juventud actual. Este hombre ha escrito: «Si prestáis a un colegial ruso un mapa del firmamento, él, aunque sea el primero que ha visto en su vida, os lo devolverá al día siguiente corregido.» Ningún conocimiento y una presunción sin límites: esto es lo que el alemán reprocha a nuestros estudiantes."



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-No entiendo las imágenes.
-Mira lo que puse en la primera entrega.
-¿Del blog? -dijo Luis algo inquieto-
-No, gilipollas, de De los Karamázov.
-Aaah... vale... ahora vuelvo.
-Eeeh... llévate la cerveza.
-Dame acá.


¡Ah nyuhng!

domingo, 10 de agosto de 2008

De los Karamázov (II)


Aquí va la segunda parte de la fraternal conversación entre Kolia y Aliosha.


Sólo agregar algo que se me quedó en los dedos en la última entrada: Aliusha, un niño de once años que admira fehacientemente a Kolia, está casi terminal, por eso lo del médico (en la entrada anterior). También que ¿qué dirán los chavistas de Aliosha por esa última afirmación, que por cierto, es mi personaje favorito? En fin, ahí les va...


"Y pensó: «¡Otra vez, otra vez!»
‑Voltaire creía en Dios, aunque un poco fríamente. Y, al parecer, del mismo modo amaba a la humanidad ‑repuso Aliocha con toda naturalidad, como si hablara con una persona que tuviera la misma edad que él, o incluso que fuera mayor.
A Kolia le impresionó la falta de seguridad que demostraba Aliocha en su juicio sobre Voltaire, y también le llamó la atención que dejara en manos de él, que no era más que un muchacho, la solución de un asunto tan importante.
‑Por lo visto ‑dijo Aliocha‑, has leído a Voltaire.
‑Sí, pero... sólo Candide traducido al ruso... Una traducción antigua, pésima...
«¡Otra vez, otra vez!»...
‑¿Lo entendiste?
‑¡Pues claro! Lo comprendí todo... ¿Por qué dudas de que lo comprendiera? Hay pasajes graciosos... Puedes estar seguro de que soy capaz de entender una novela filosófica escrita para exponer una idea... Soy socialista, Karamazov ‑dijo de pronto, embrollándose definitivamente‑, un socialista recalcitrante.
Aliocha se echó a reír.
‑¿Socialista? ¿De dónde has sacado el tiempo para estudiar y adoptar el socialismo? Sólo tienes trece años.
Estas palabras hirieron a Kolia.
‑En primer lugar, no tengo trece años, sino que dentro de quince días cumpliré los catorce ‑dijo impetuosamente‑. Además, no comprendo qué relación tiene mi edad con lo que estamos discutiendo. Son mis convicciones y no mi edad lo que importa. ¿No es así?
‑Cuando seas mayor verás la influencia que tiene la edad en las ideas. Eso no puede haber salido de ti.
Aliocha dijo esto con toda calma. Kolia, en cambio, le contestó, nervioso:
‑Óyeme, tú eres partidario de la obediencia y del misticismo. No me negarás que el cristianismo sólo ha sido útil a los acaudalados, a los poderosos, para mantener a las clases inferiores en la esclavitud.
‑Ya sé dónde has leído eso, ya sé quién te lo ha enseñado.
‑¿Por qué crees necesario que lo haya leído? Nadie me ha inculcado estas ideas. Tengo capacidad para juzgar por mí mismo... Y te advierto que no soy enemigo de Cristo. Cristo tenía una personalidad enteramente humana. Si hubiera existido en nuestra época, estaría al lado de los revolucionarios y habría desempeñado un papel visible. De esto no cabe duda.
‑¿Pero de dónde te has sacado todo eso? ¿A qué imbécil has escuchado? ‑exclamó Aliocha."


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-¿Los chavistas?
-Pues, sí... básicamente Aliosha les dice imbéciles.
-Imbécil será su madre.
-Muerta.
-Me importa una mierda. Jesús era revolucionario.
-Pues sí, si no la historia no se partiría en dos, pero de ahí a que sea chavista como varios han afirmado... pero me voy de la "idea".
-Anda con tus dostoyevskerías a la puta mierda. Jesús era revolucionario y la revolución es chávez -dijo Luis levantándose y poniéndose la mano en el corazón, mirando al infinito y más allá-
-Tienes razón, brindemos por esa vaina ¡nojoda!
-¿Whisky 18?
-¡Claro!


¡Do svidanja!

viernes, 8 de agosto de 2008

De los Karamázov (I)


Aquí podrán apreciar, tanto el artículo como mi respuesta a un compa bloguero que leo desde hace un tiempo. Esa respuesta, debo decir, no sólo la saco del, por mí, venerado profesor José Sánchez Lecuna, sino también de Los Hermanos Karamázov. Esta entrada la haré por partes porque es un capítulo completo y como sabrán, los capítulos del Dosto no son particularmente cortos para leerlos en un monitor. Otra cosa, la quiero hacer, entre otros motivos, porque comparto mucho de lo que allí se dice, comparto cosas de un lado y sufro otras del otro. Es como una recomendación de un clásico, que no está muy elegante, pero siempre invita ¿no?

Aquí pueden ver más o menos la descripción de Aliosha (Alekséi Fiódorovich Karamázov), y les cuento un poco de Kolia, en las mismas palabras de Dostoyevski: "Cuando Kolia fue al colegio, su madre estudió todas las asignaturas, con objeto de poder ayudarlo en los deberes; trabó conocimiento con los profesores y sus esposas, a incluso procuró simpatizar con los compañeros de su hijo para evitar que se burlasen de él o le pegaran. A tal extremo llegó en esta táctica, que los alumnos empezaron a burlarse de Kolia, a zaherirle con frases como «el pequeñín mimado por su mamá». Pero Kolia supo hacerse respetar. Era un chico audaz y pronto se le consideró como uno de los más fuertes del colegio. Además, era inteligente, tenaz, resuelto y emprendedor. Un buen alumno. Incluso se rumoreaba que aventajaba a Dardanélov, su maestro. Pero Kolia, aunque afectaba un aire de superioridad, no era orgulloso y sí un buen camarada. Aceptaba como cosa natural el respeto de sus compañeros y los trataba amistosamente. Tenía sobre todo el sentido de la medida, sabía contenerse cuando era necesario y no rebasaba jamás ante los profesores ese límite en que la travesura se convierte en insubordinación y falta de respeto, por lo que no se puede tolerar. Sin embargo, estaba siempre dispuesto a participar en las granujadas de la chiquillería, si la oportunidad se presentaba; mejor dicho a desempeñar el papel de pilluelo para impresionar a la galería. Llevado de su excesivo amor propio, había conseguido imponerse a su madre, que sufría desde hacía tiempo su despotismo. La sola idea de que su hijo la quería poco era insoportable para la señora de Krasotkine. Consideraba que Kolia se mostraba insensible con ella, y a veces, bañada en lágrimas, le reprochaba su frialdad. Esto desagradaba al muchacho, que se mostraba más evasivo cuanta más efusión se le exigía. Era un efecto de su carácter y no de su voluntad. Su madre estaba en un error. Kolia la quería. Lo que sucedía era que detestaba las «ternuras borreguiles», como decía en su lenguaje escolar."

Espero que se hagan una idea general.

CAPÍTULO VI (del libro décimo)
DESARROLLO PRECOZ

‑¿Qué dirá el doctor? ‑preguntó Kolia‑. Tiene una cara repelente, ¿verdad? La medicina es algo que no puedo sufrir.
‑Iliusha no tiene salvación: esto es lo que estoy temiendo que diga el doctor ‑repuso Aliocha con profunda tristeza.
‑Los médicos son unos charlatanes... Oye, Karamazov: me alegro de haberte conocido; hace mucho tiempo que lo deseaba. Lo que me apena es que esta amistad haya empezado en circunstancias tan tristes.
Kolia habría deseado decir algo más expresivo, más afectuoso, pero estaba un poco turbado. Aliocha lo advirtió y le tendió la mano.
‑Hace tiempo que te considero como un ser raro, pero respetable ‑siguió diciendo Kolia, aturdido‑. Me han dicho que eres un místico, que has vivido en un monasterio. Pero esto no me importa. El contacto con la realidad te curará. Así les ocurre siempre a los que son como tú.
‑¿A qué llamas un místico? ¿De qué me he de curar? ‑preguntó Aliocha un tanto sorprendido.
‑Pues te has de curar de Dios y... de todo eso.
‑¿Es que tú no crees en Dios?
‑No tengo nada contra Él. En verdad, Dios no es más que una hipótesis. Sin embargo, reconozco que... que es necesario para ordenar la vida... y para otras cosas... Tanto ‑terminó Kolia, empezando a enrojecer‑, que si Dios no existiera, habría que inventarlo.
De pronto, pensó que Aliocha podía creer que hablaba para darse importancia, para exhibir su erudición. «Sin embargo ‑se dijo, irritado‑, nada más lejos de mi ánimo que alardear de cultura ante él.» Se sentía profundamente contrariado.
‑Estas discusiones me repugnan ‑declaró‑. Se puede amar a la humanidad sin creer en Dios. ¿Lo dudas? Voltaire no creía en Dios y amaba a la humanidad.


Hasta aquí la cita. No tengo ni idea de quién es la -mala- traducción pero la conseguí aquí, porque como se imaginarán no iba a copiar todo de mi libro, que por cierto es el de la Random House, en la segunda edición de Debols!llo y traducido por José Laín Entralgo pal que le interese.

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-A ver si entiendo... tú eres Aliosha.
-A veces, a veces tú también, cabrón.
-No, no... mentira ¡tú eres Kolia! -dice como sorprendido el cabrón de Luis-
-¿Cuál es el puto problema con identificarse con los putos personajes de las putas novelas?
-Ninguno, no te me arreches... lo que intento saber es con quién te identificas.
-No... yo me identifico con uno y tú con otro.
-Ah, verdad, eso de que somos el mismo pero los contrarios y tal ¿no?
-Aja...
-Ya... a ver... yo debería de ser Kolia ¿no?
-Pues no, a veces yo soy Kolia, la mayoría. Tú eres Aliosha... a ver ¿cuántas veces te he dicho yo que creo en Dios?
-Desde hace unos 3 años... no sé, varias.
-Ahí está... desde hace unos 3 años ¿quiere decir entonces que antes de esos tres años no pensaba en Dios?
-No, antes, recuerdo, no creías en Dios.
-Y tú, te recuerdo, cargabas con una cruz de palma para ahuyentar al negro que te perseguía.
-¡Vete a la mier da!
-Un shot y seguimos luego ¿vale?
-Cabrón.

¡Haere ra!

lunes, 28 de julio de 2008

Abran Rayuela...

...en la primera página. Lean el primer párrafo, el que comienza: "¿Encontraría a la Maga?" Léanlo completo. Si no tienen Rayuela la buscan en google o también pinchen aquí.
Este es el arco...

Yo, el fotógrafo, voy caminando por la rue de Saine, ese arco da a la Quai de Conti y al salir se ve perfectamente el Pont des Arts a mano derecha, donde estaba esta Maga...



Que no es la que yo estaba buscando, pero me servía casi igual, sólo que a esta Maga no la podía tomar por la cintura etc.

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-¡Cabrón!

-Lo siento, viejo...

-¡Cabrón!

-¿Otro shot?

-¡Cabrón!

¡Ah nyuhng hee ga say yo!