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jueves, 22 de agosto de 2013

...y la bondad


"Todos tenemos dentro el cielo y el infierno"
Oscar Wilde

Este post es continuación de este otro.

Con las personas buenas, con la bondad que se expresa de la nada es, en mi opinión, básicamente lo mismo. No existe, que sea de mi conocimiento, ningún condicionante inherente al ser humano para ser bueno. De hecho, como muy bien lo hace notar la película Crash (Paul Haggis, 2004), personas malas también son capaces de realizar actos bondadosos. En el post anterior traté de ejemplificar exactamente lo contrario: como una persona en apariencia normal (quizás buena), puede ser capaz de realizar actos atroces en las narices de sus vecinos.

En ese caso, algún samaritano (que todavía no me queda claro quién fue, si el negrito gracioso o el latino) pateó la puerta de la casa de Castro para poder liberar a Amanda Berry. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué arriesgar su vida, como el latino mismo afirma, para salvar a una desconocida?

Poco tiempo después de lo sucedido en Cleveland, un tornado barrió una buena parte de algunos vecindarios en Oklahoma. En la página de CNN en español podemos leer que “Luego de tragedias como la de esta semana en Oklahoma, surgen héroes y heroínas que se destacan por su valentía en momentos tan difíciles como estos.” Al parecer la maestra Michelle González cubrió con su cuerpo a tres niños mientras se les derrumbaba el techo encima, y como ese se vieron varios casos. La maestra misma afirmaría: “Lo que yo hice es lo que cualquier otra persona con corazón haría” y tiene razón. Sólo que “cualquier otra persona” también puede hacer otras cosas atroces, monstruosas.

Maite Larrauri lo expresa directa y hermosamente hablando de Camus: “Los dos (Camus y Weil) creen que la realidad debe atraparse con  pinzas de dos brazos, porque en ella se da lo que hay y lo que se desea que haya; lo que es material y pesado, y lo que impulsa hacia arriba por su ligereza y su entusiasmo; lo que nos hace ser violentos, ambiciosos y prepotentes y lo que nos lleva a poner freno a nuestras pasiones y seguir un modelo de concordia. Es como decir que hay dos formas de humanidad: una general, que se muestra en lo que hay de despreciable en los humanos; y otra escasa, pero deseable.” Y así somos en el mismo recipiente.
Pero no es mentira que la mayoría (la gran mayoría) somos criados bajo ciertas reglas de convivencia: no matar, no joder al otro, sobrevivir (casi casi como las tres leyes de la robótica de Asimov). Tampoco es mentira que esas reglas de convivencia, también en su mayoría, producen personas que viven una vida sin sobresaltos (la mayoría no somos asesinos o torturadores, y la mayoría no somos héroes conocidos o anónimos que hagamos cambios significativos en la sociedad). Posiblemente el mundo no arroja demasiadas oportunidades para ser lo uno o lo otro.

Lo demás que quisiera decir ya lo dije en el post anterior. Si no hay explicaciones para la maldad creo que tampoco hay explicaciones para la bondad.
Me siento tentado a pensar que en general somos más buenos que malos, aunque eventos puntuales me hagan cuestionar esa idea. Por ahora, mi única prueba es que el mundo sigue girando, mi vecino me sigue saludando, mi hija me sonríe, y aunque subiendo una piedra inútilmente a una colina para que vuelva a caer, todo está bien.

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-Y así habrá miles de ejemplos.
-De lo uno y de lo otro, sí. Pero me llama la atención el anonimato de los malos.
-Y de los buenos también, imagino yo, si luego escribes también acerca de ellos.
-Pues sí.
-Pues, ya está. A beber.
-Sí. A tentar el destino.
-¡Salud!

¡Timotan!

martes, 23 de abril de 2013

A la espera de la tormenta perfecta



"'Es absurdo' significa: 'es imposible', 
pero también 'es contradictorio'. Si veo
un hombre asaltando con un arma blanca
un nido de ametralladoras, juzgaré que
su acto es absurdo. Mas sólo es tal en
virtud de la desproporción que existe
entre su intención y la realidad que le 
espera, de la contradicción que puedo
captar entre sus fuerzas reales y la meta
que se propone."
Albert Camus, El mito de Sísifo


La semana pasada, justo después de las elecciones presidenciales, en Venezuela se vivieron momentos muy tensos. El descontento de una mayoría que sintió (como en efecto lo fue) que le impusieron a un presidente de forma ilegítima, se hizo sentir en la calle. Capriles lo llamó, como buen venezolano, la “arrechera”, porque ciertamente esa mitad tiene una arrechera que va por la vía de durar unos 15 o 16 años. Y cuando la opresión va camino a convertirse en la norma en un país, los ciudadanos intentan buscar, por cualquier medio, algo a qué aferrarse.

Algunos amigos y familiares se sintieron sin un asidero terrenal. El poder del gobierno/estado que impera hoy el país es desesperantemente incontestable; diría Vallejo: “como del odio de Dios”. Y a falta de una referencia terrenal, donde la barbarie reina y nada parece estar del lado de la razón, tuvieron, mis amigos y familiares, que buscar apoyo en lo metafísico.

Y es que Venezuela, como su extinto jefe de estado, sufre de un cáncer terminal que se hace llamar “gobierno revolucionario” y que está consumiendo, también, a todos los que llevamos el gentilicio.

Hemos marchado por todo el país, hemos invadido las redes sociales, hemos seguido dirigentes opositores (que se han equivocado), hemos realizado manifestaciones espontáneas, las armas se han utilizado y las Fuerzas Armadas han intentado el golpe militar, hemos agotado todos los medios legales para contrarrestar las miles de irregularidades en las que incurre el “gobierno revolucionario” ¡hasta hemosdejado de hacer! pero sin resultado. Nada parece hacer trastabillar al gobierno. Al menos hasta la semana pasada, en donde éste pasó de ser un gobierno con máscara democrática a uno sin máscara de ningún tipo, pero con muchos favores por cobrar.

Lo que nos quedó entonces fue rezar.

Un amigo escritor, ateo o al menos muy poco religioso, me lo dijo con todas las palabras: “Yo no soy cristiano, pero aquí lo que queda es rezar”. En el grupo familiar materno de whatsapp no dejan de mencionar a la bruja Meredith, a Adriana Azzi y a Reinaldo Dos Santos, el de moda. De hecho, una amiga profesora de literatura, ya me lo adelantaba “aquí todos estamos en regresión religiosa” me decía dos días después de las elecciones, para luego explicarme que se estaba leyendo las cartas. Lo que diga Eugenio Martínez, Ramón Guillermo Aveledo o Luis Vicente León es irrelevante (excepto quizás por la profesora) porque, al menos hoy en Venezuela, no existe razonamiento alguno que pueda contra el poder.

Por otra parte Luis, el amigo posiblemente más inteligente que tengo, se vuelve al nihilismo. O al menos a un individualismo casi hiriente para quien cree en su inteligencia y su patriotismo. Luis, en vez de rezar para buscar las respuestas ante la aplastante bota gubernamental (hasta donde sé, Luis es católico), o buscar razón en la política práctica, apela al poder –aparentemente- todopoderoso del individuo y la revolución interna. Los líderes, y yo sumo cualquier religión por ser ella en sí misma una guía como los líderes políticos, no te sacarán –según Luis- del problema que vive el país; lo harás tú haciendo “lo que puedas” por tu entorno.

Del otro lado han funcionado las dádivas y la propaganda. No mucho más que decir al respecto.

Pero ojo, que no se culpe a nadie. Otra de las características de nuestra sociedad acostumbrada ya a la desmesura, es que todos tenemos derecho a lo que sea; podemos buscar las respuestas en donde y como nos plazca. Además, creo, es una reacción completamente natural: por encima de la personalidad dictatorial sólo está Dios o el individuo, y si vives bajo el yugo no tienes otra opción. Mi amigo escritor ateo, también me decía "yo, entre una vaina y otra, escucho Stevie Wonder y escribo mis vainas". 

Posiblemente Venezuela sea hoy un país que necesite un poco de todo eso: de un milagro, del trabajo de cada quien por su entorno, de un gobierno que se encargue de los pobres y unos medios que hablen más de razones que de personas (o mitos forzados). Venezuela, en mi opinión, es un país empujado al extremo de necesitar una tormenta perfecta de todo eso para salir de esta barbarie llamada “gobierno revolucionario”. 

Y yo me pregunto ¿qué cara tiene el milagro que puede desatar esta tormenta?

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Luis: A mí no me metas en ese peo.
Luis: de alguna forma tengo que meterte en ese peo.
Luis: ¿Por qué? Yo quiero ser yo y ya, quiero seguir haciendo mis vainas sin importar quién coño esté en un gobierno que siempre me va a oprimir. No existe respuesta, Luis, no existen mesías.
Luis: Pero existen civilizadores, y el gobierno venezolano es bárbaro.
Luis: Si todos...
Luis (interrumpiéndolo): ...Bebiéramos seríamos más feliz.
Luis: Ese siempre debe ser nuestro punto de concordancia.
Luis: ¡Salud!

¡αγαθό αντίο!